Pasó un rato antes de que Cecilia se levantara, su rostro estaba pálido, pero no mostraba ninguna expresión en su cara, fría y desolada como el frio invierno.
Enzo estaba sentado en una silla, recogió el cigarro que se le había caído al suelo y le dio una calada profunda. "Vete, finjamos que no me viste hoy o que estoy muerto. ¡Eres la mujer de Rodrigo, disfruta de tu vida de lujo! No deberías haber venido aquí, ¡vete de una vez! ¡Largo!”.
Cecilia habló con indiferencia: "No te enfrentes a Rodrigo, no hagas cosas peligrosas. Si estás vivo, ¡vive correctamente y disfruta la vida!".
Enzo la miró fríamente y se burló: "¿Te preocupa que me meta en problemas con Rodrigo? ¿Lo amas? ¡Así que finalmente eres capaz de preocuparte por alguien! ¡Supongo que nosotros no somos dignos!".
Cecilia contestó fríamente: "¡No seas terco!"
"¡Descuida!", se rio Enzo, "no diré que nos conocemos, no te molestaré en ser la Sra. Navarrete. ¡Puedes irte!".
Cecilia sabía que no importaba lo que dijera, Enzo no la escucharía, así que se dio la vuelta y salió del lugar. Caminó un par de pasos y no pudo evitar decir: "Tu familia siempre ha pensado que estas muerto, no deberías ocultarles la verdad. ¡Deberías visitarlos de vez en cuando!".
La cara de Enzo se oscureció aún más.
Cecilia salió, y en el almacén sofocante y desordenado había una docena de personas que se pusieron de pie y la miraron con malas intenciones.
Con expresión impasible, Cecilia salió tranquila del oscuro almacén bajo la mirada feroz de muchos.
Sintió la luz del sol brillante sobre ella, y al ver el bullicioso puerto no muy lejos, era como si hubiera atravesado dos mundos diferentes en un instante.
¡Y ella seguiría luchando para vivir incluso después de salir de la oscuridad!

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