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Entre Amores y Traiciones romance Capítulo 5

El aire en el mirador de Malibú era frío, cargado con el salitre del océano. Pero el frío exterior no se comparaba con la frialdad calculada que había descendido sobre Horus. Ya no era el salvador impulsivo; ahora era el estratega, y Senay, temblando a su lado, era su pieza clave.

Horus se inclinó para abrir la puerta de su automóvil, un elegante GT negro, y con un gesto la invitó a subir.

– Sube, Senay. No podemos quedarnos aquí,– dijo su voz, despojada de la compasión anterior. –Ahora eres mi prometida, al menos a partir de esta noche. Tenemos mucho que acordar antes de que amanezca.

Senay se deslizó en el asiento de cuero, todavía envuelta en la manta que él le había dado, su mente un torbellino de pánico y alivio. Había cambiado la muerte por una vida de farsa. Ella le dio una dirección, una dirección que la llevaría a una casa que Horus alquilaba en la cima de Laurel Canyon, un refugio discreto que usaba para sus negocios, lejos de la vigilancia de la mansión Arslan en Bel-Air.

El viaje fue silencioso durante diez minutos, un silencio roto solo por el murmullo de la radio sintonizada en jazz suave. Finalmente, Horus lo rompió, su tono seco y profesional.

– Escúchame bien, Senay. Aceptaste un trato, no un matrimonio. Esto es un contrato de protección y conveniencia. Para que funcione, necesitamos establecer las reglas ahora. No hay segundas oportunidades.– Se detuvo en un semáforo y la miró, sus ojos verde oscuro penetrantes. – Regla número uno: El niño es mío. Punto final. Esa mentira no se negocia, no se susurra, no se duda. Es la base de tu legitimidad y mi coartada. Si Dilara Arslan sospecha algo, ambos caemos. – Senay tragó saliva, asintiendo.

– Entiendo. El niño llevará tu apellido.

– Regla número dos: Cero intimidad. Tendrás tu propia suite. Yo tendré la mía. En público, actuaremos. Tendrás un anillo, habrá un compromiso formal, y habrá demostraciones de afecto calculadas cuando sea necesario para convencer a mi madre y, más importante, a mi padre. Pero en privado, somos socios de negocios. ¿Claro?

– Perfecto, – respondió Senay, sintiendo una punzada de alivio en medio del dolor. La idea de tener que estar íntimamente con un Arslan, incluso con el que la había salvado, era repugnante después de la traición de Ahmed.

– Regla número tres: Tu historia, tu pasado con Ahmed, no existe. Para el mundo, eres la misteriosa mujer de ascendencia turca y estadounidense que he estado cortejando en secreto y de la que me he enamorado perdidamente. Cualquier mención a que conocías a Ahmed, a que él intentó sobornar, a la varita, o a cualquier detalle de ese encuentro en la oficina... lo negarás con tu vida. Es una fantasía, Senay. ¿Estás lista para vivir en esa fantasía? – Senay asintió, su voz firme por primera vez desde que despertó en el hospital.

– Lo estoy. Él me enseñó que la verdad es un lujo que no puedo pagar. – Horus asintió, una sombra de respeto cruzando su rostro. La determinación que vio en ella era exactamente lo que necesitaba.

Llegaron a la casa en Laurel Canyon. Era moderna, con vistas panorámicas de la ciudad. Horus se aseguró de que estuviera cómoda, le preparó un té caliente y luego se sentaron en la sala, envueltos en la quietud de la noche.

– Ahora es mi turno, – dijo Horus, cruzando las piernas. – Necesito saber todo sobre Ahmed. Dime por qué te arrojaste al mar. Dime la magnitud de su traición para que yo pueda anticipar los movimientos de mi madre. – Senay respiró hondo, cerrando los ojos. Contar la historia era arrancar una costra dolorosa.

– Nos conocimos hace un año y medio. Yo trabajaba en una galería de arte en la que Dilara Arslan estaba interesada en invertir… pero Ahmed se acercó a mí después de la inauguración. Fue rápido, prohibido. Él me dijo que su familia nunca aprobaría a una mujer como yo: joven, artista, sin la ‘sangre’ y el ‘nombre’ adecuados. Así que lo mantuvimos en secreto. Nos veíamos en su pequeño apartamento en Santa Mónica. Era… intenso. Él era libre lejos de su familia, y yo estaba completamente enamorada. – Su voz se quebró ligeramente al pronunciar la última palabra, un dolor amargo. – Cuando le dije que estaba embarazada, todo cambió. No era la alegría que yo esperaba. Era pánico. Me dijo que mi noticia coincidía con el momento en que sus padres lo estaban poniendo a prueba. Que si se sabía del bebé, perdería la posición, la herencia, todo. Me dijo que su madre me encontraría y que mi vida, mi familia, serían destruidas por el deshonor.

Capítulo IV 1

Capítulo IV 2

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