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Entre el Sueño y la Traición romance Capítulo 9

Al abrir la puerta, un fuerte olor a sangre inundó el aire.

El hombre que era considerado el soltero de oro de Santa Cruz del Oro, el más arrogante y deseado, estaba sentado en el suelo, sin camiseta. La espalda, tensa y marcada por el entrenamiento, tenía varias excoriaciones recientes.

Unas finas gotas de sudor perlaban su frente y se deslizaban lentamente por su nariz recta y perfilada hasta su cuello, donde las venas se marcaban por la tensión. Sus labios, sin embargo, permanecían apretados en una línea fría.

El abuelo lo había castigado con saña, decidido a que la lección le entrara por las malas.

Aitana arrojó el botiquín al suelo, cerca de él, y le dio un empujoncito con el pie.

—Vaya, vaya —dijo con una sonrisa burlona—. El señor Galindo, que siempre mira a todos por encima del hombro, también tiene sus momentos patéticos.

Aitana había venido a disfrutar del espectáculo.

Samuel levantó la vista con pereza. Una gota de sudor colgaba de sus largas y espesas pestañas. Al escuchar la voz melosa pero sarcástica de Aitana, no se molestó. Con una mano, se apartó el cabello negro y húmedo de la frente y decidió que ya no tenía sentido seguir arrodillado.

Samuel cambió de postura. Se sentó con las rodillas flexionadas en el suelo de caoba del estudio, sacó un cigarro del bolsillo, lo encendió, le dio una calada lenta y profunda, y luego, entornando sus ojos rasgados, exhaló el humo lentamente.

El humo se arremolinó a su alrededor.

Los ojos fríos y atractivos de Samuel se clavaron en Aitana, que lo miraba desde arriba con una sonrisa pícara.

—¿Satisfecha? —preguntó con voz ronca y un tono indescifrable.

Aitana le sonrió, sin responder.

A Samuel no pareció importarle. Con el cigarro entre sus labios sensuales, esbozó una leve sonrisa y la instó:

—Ven a curarme.

Siempre era así. Cuando Samuel hacía enojar a Aitana, Hernán, sin preguntar quién tenía la razón, le daba una paliza para desquitar el coraje de la chica. Y después, le pedía a Aitana que fuera a curarlo.

Samuel siempre había despreciado esa táctica del abuelo de dar un golpe y luego un dulce, pero se había acostumbrado a que Aitana le curara las heridas. La pequeña malcriada era caprichosa y consentida, pero cuando le aplicaba las curas, con los ojos enrojecidos y arrodillada frente a él, su mirada suplicante y sus gestos cuidadosos revelaban una ternura inusual.

Capítulo 9 1

Capítulo 9 2

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