Mierda. Karandy sentía ganas de darse una patada a sí mismo.
Nunca debería haberla golpeado en un lugar tan visible, pero la deseaba tanto que no pudo controlarse.
Mientras mentía con absoluta seguridad, le había dicho al rey, sin rodeos, que jamás le había puesto una mano encima. Olvidó el maldito golpe. El miedo lo atenazó.
Poco a poco, el rey Lucien se acercó a Danika, reduciendo la distancia entre ellos hasta que solo unos centímetros los separaban. Luego, se inclinó, quedando a la altura de sus ojos.
Los recuerdos de la noche anterior la asaltaron. La forma en que él había hecho exactamente lo mismo… Y luego, lo que sucedió después.
El calor subió a sus mejillas mientras él la observaba con atención, tan cerca que Danika podía respirar su aroma.
Lucien tenía un olor único, uno que comenzaba a resultarle familiar. El mismo que la envolvía la noche anterior… que seguía aferrado a su piel incluso después de dejar su cama.
Contuvo el suspiro que le subió a la garganta cuando él levantó la mano y rozó su mejilla.
-La marca no ha desaparecido por completo. Todavía puedo ver rastros de ella -murmuró, deslizando los dedos suavemente por su mejilla.
Un escalofrío recorrió su cuerpo. Por un instante, juró ver sus ojos encenderse con deseo, pero cuando parpadeó, la expresión había desaparecido.
-Karandy.
El rey Lucien no apartó la mirada de ella al hablar calmadamente.
-S-sí, mi rey -respondió Karandy, ya sin la misma seguridad de antes.
- ¿La golpeaste ayer al mediodía?
Silencio. Ninguna respuesta.
El rey Lucien se enderezó y retrocedió un paso. De repente, Danika sintió un vacío en el pecho. Parpadeó varias veces, intentando sacudirse aquella sensación extraña.
- ¡Guardias!
No alzó la voz. Nunca tenía que hacerlo.
- ¡Sí, su majestad! -respondieron al unísono.
-Llévenlo a la mazmorra. Llamen a Doseh, el Maestro de Justicia. Este entrenador de esclavos recibirá veinte latigazos por agredir a la Esclava del Rey, veinte más por invadir la propiedad real y diez por mentirle al rey.
- ¿¡Qué!?
Miedo, horror y pánico se entrelazaron en Karandy.
La sentencia cayó sobre él como un rayo. Se desplomó en el suelo y comenzó a suplicar.
Jamás imaginó un castigo tan severo, especialmente porque la esclava en cuestión era la hija de Cone. ¡La hija del rey Cone, maldita sea! Nunca creyó que su rey lo castigaría tan duramente por tocar a esa mujer.
Imploró, rogó, pero los guardias no titubearon y se lo llevaron.
El rey Lucien se dirigió a Danika.
-Levántate.

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