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Esposa imperdonable romance Capítulo 4

—¡Yo no maté a tus padres! —gritó ella, con voz temblorosa, los ojos inundados en desesperación—. ¡No fui cómplice de nada! ¿Por qué no puedes creerme?

Él no respondió. Fue como si aquellas palabras fueran gasolina en su furia.

En un instante, se abalanzó sobre ella con una rabia que parecía salirle del alma. Sus manos envolvieron su garganta, apretando con fuerza, con dolor.

—¡No me mientas! —bramó, con los dientes apretados—. Quiero que firmes el divorcio ahora mismo. No quiero que nada me ate a ti. ¡A una serpiente como tú!

Ella apenas pudo respirar. Su rostro palideció. Pero, aun así, una tenue sonrisa se dibujó en sus labios mientras una lágrima solitaria se deslizaba por su mejilla. Le dolía. Todo. El cuello, el alma, el amor podrido que aún sentía por él.

—Está bien… —susurró con la voz rota—. Firmaré. Pero solo si cumples mis condiciones.

Él entrecerró los ojos, desconfiando.

—¿Condiciones? ¿Qué condiciones? —espetó.

—Dije que pasaríamos toda la noche juntos… y la noche aún no ha terminado —ella lo miró fijamente, sus ojos llenos de una mezcla amarga entre desafío y resignación—. Además… hay otra condición más.

Él resopló, molesto. La tensión sexual entre ambos era tan densa como el odio.

—¿Qué más quieres? —gruñó con rabia, como si cada palabra le quemara en la boca.

Ella se permitió otra sonrisa triste, casi melancólica.

—Una noche de preguntas y respuestas… como solíamos hacer. Solo una. Solo una noche.

Él rodó los ojos con desprecio.

—¡Tonterías! ¡¿Acaso no lo entiendes?! ¡No me interesas! ¡Nunca dejaré de odiarte, Sídney!

Ella no respondió. Solo lo miró en silencio… como si esas palabras, lejos de romperla, la confirmaran en su decisión.

Entonces, sus labios se abrieron de nuevo, pero su voz salió más suave, más oscura, más temblorosa.

—Entonces… vuelve a hacerme el amor.

El hombre se quedó en silencio, petrificado. Su rostro palideció de rabia, de confusión, de deseo reprimido.

—¡Maldita sea! —estalló—. ¿Eres una ninfómana? ¿Nunca estás satisfecha?

Ella lo miró directo a los ojos, desafiándolo. Dolida, pero erguida.

—¡Nunca! —gritó—. Así que… castígame.

Ese instante fue puro silencio. Un fuego invisible los rodeaba. Él sintió una rabia salvaje crecer dentro de él, un odio que se mezclaba con un deseo primitivo que nunca había logrado apagar del todo.

Aquella mujer lo destruía… pero también lo poseía, como nadie jamás lo había hecho.

Sin poder resistirse, se lanzó sobre ella una vez más, con una pasión brutal y desesperada. La besó con furia. La tocó con hambre. Y la volvió a poseer como si fuera la primera vez… o la última.

Y cuando sus cuerpos finalmente se rindieron, sudorosos, exhaustos, y sus almas seguían hirviendo por dentro, el silencio regresó.

Se quedaron dormidos uno al lado del otro… enredados en una pasión envenenada que no sabía morir.

Al día siguiente.

Capítulo: Peleas por un hombre 1

Capítulo: Peleas por un hombre 2

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