—Por eso creo que lo mejor será preguntarle directamente a él.
Después de darle esa breve explicación a su hijo, la señora miró a su preciado nieto y le preguntó con dulzura:
—Simoncito, ¿puedes decirle a la abuela qué te pasa? ¿Estás triste?
Lo hizo con tanto cuidado, temiendo que hablar un poco más fuerte o con un tono distinto pudiera asustarlo.
Era evidente lo mucho que esa mujer amaba y valoraba a su nieto.
Simón, que había estado desesperado por explicarse sin encontrar el momento, al ver que por fin alguien le prestaba atención, logró calmarse un poco.
—Abuela, esta señorita bonita no me hizo nada, no lloro por ella, no la culpen.
Se explicó usando lenguaje de señas; los extraños no entendieron, pero la familia Jiménez y quienes conocían las señas lo comprendieron perfectamente.
Al ver esto, Bárbara no estuvo de acuerdo.
—Simoncito, estamos todos aquí, no tengas miedo y dinos la verdad. Si ella no te hizo nada, ¿por qué estarías llorando?
Bárbara simplemente no podía creer que, si no lo habían lastimado, su pequeño primo se pusiera a llorar de la nada.
—Ja. Él mismo te lo está diciendo, pero sigues aferrada a tu propia versión. Supongo que, aunque todos dijeran lo mismo, seguirías sin creerlo.
Alba la miró de nuevo con una sonrisa fría.
Personas tan tercas y llenas de prejuicios como ella, ni amarradas cambiarían de opinión.
—Solo estoy hablando de los hechos, tú...
—Si vuelves a hablarle así a Alba, no me importará darte una lección frente a tu propio padre.
Antes de que Bárbara pudiera terminar de hablar, Liam la interrumpió, visiblemente impaciente.
Si no fuera porque no quería manchar la reputación de Alba, ya se la habría llevado de ese lugar hacía rato.
Escuchar los murmullos de esa gente le resultaba irritante y repugnante.
Antes de cumplir un año, ya había demostrado una inteligencia y un talento superiores a los de los demás.
Pero, tal vez porque perdió a sus padres muy pronto, o por alguna otra razón, un día, de repente, dejó de hablar.
Y no solo eso, todos sus indicadores apuntaban hacia el autismo, y su salud comenzó a deteriorarse.
Esto tenía a Doña Inés y a toda la familia al borde de la desesperación.
Por más que trajeron a médicos, profesores y especialistas reconocidos, su estado no mejoraba, sino que empeoraba.
La pobre señora ya había sufrido muchísimo por la muerte de su hijo menor, y ver a su nieto favorito en ese estado casi le cuesta la vida.
Pero al pensar que si ella moría su nieto quedaría aún más desamparado, sacó fuerzas de flaqueza.
Esa convicción la hizo aferrarse a la vida, con la esperanza de poder verlo llegar a la edad adulta.
Ahora, al escucharlo hablar de repente, la señora no cabía en sí de la felicidad.

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