Por eso, Silvia seguía sopesando los pros y los contras.
Finalmente, decidió acostarla en el suelo y les dijo a todos de forma dramática:
—¡Nadie la toque! Si la movemos mal, podríamos causarle un daño peor.
—Tiene razón. No se debe mover a alguien que sufre un desmayo repentino, podríamos empeorarlo todo.
—Pero la señora está convulsionando, ¿y si es un derrame cerebral? ¿O epilepsia? Si la dejamos así, ¡podría morir!
—Señorita Jiménez, usted trabaja en el instituto de investigación médica, ¿verdad? Debe saber algo de esto. ¡Por favor, haga algo!
Las ancianas de la alta sociedad que acompañaban a doña Inés le insistían con gran angustia.
Silvia, que ya estaba nerviosa, se sintió aún más acorralada con tantas voces exigiéndole que actuara.
Justo cuando todavía estaba calculando los riesgos de hacer algo, escuchó unos pasos acercarse.
—No pueden dejar a la señora en esa posición. Tiene espasmos en el rostro, la boca desviada y el cuerpo entero está convulsionando. Es sumamente peligroso dejarla así.
Quien habló fue Alba.
Con paso firme y decidido, se plantó frente a Silvia. Le bastó una sola mirada para saber exactamente qué le ocurría a la anciana.
Acto seguido, estiró la mano para tomarle el pulso.
—¿Y tú qué haces aquí? ¡¿A qué viniste?!
Al ver que esa mujer se atrevía a entrar sin permiso, Bárbara reaccionó de inmediato y empezó a gritarle:
—¡Todo esto es por tu culpa! ¡Tú maldeciste a mi abuela y por eso ahora está así! ¡¿Viniste a burlarte?!
—¡Eres una víbora despreciable, Alba Moreno! ¡Maldecir a una pobre anciana y luego venir a gozar de su desgracia!
Frente a los insoportables alaridos de la chica, Alba decidió simplemente ignorarla.
La crisis de la señora había avanzado con muchísima ferocidad, mucho más rápido de lo que ella había estimado.

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