Al mirar a esa mujer frente a ella, cada detalle le resultaba insoportable.
Al verla tan alterada y mostrando un desprecio sin ningún disimulo, Valeria, naturalmente, sintió una gran molestia.
Aun así, quiso intentar retenerla y lavarle el cerebro una vez más.
—¡Mamá, te equivocas! De verdad que no tenía esa intención. Antes, siempre quise tratar bien a mi hermana y llevarme bien con ella.
—Pero cada vez que lo intentaba, mi hermana no solo me rechazaba, sino que me atacaba y me marginaba. Incluso a mis tres hermanos les indignaba su actitud. Todo eso tú también lo sabes.
Apenas terminó de hablar, Sara, fuera de sí, agarró un adorno de la mesa de noche y se lo arrojó.
Mientras se lo tiraba, le gritó de forma histérica:
—¡Cállate! ¡No intentes seguir tergiversando las cosas! ¡Fuiste tú quien sembró cizaña, tú fuiste quien echó a Albita!
Valeria no esperaba que reaccionara con tanta furia. La tomó por sorpresa y los fragmentos de cristal esparcidos por el suelo le rozaron la pantorrilla.
Al ver una pequeña línea de sangre en su piel radiante y siempre tan cuidada, ¡Valeria se llenó de ira al instante!
¡Ya estaba harta de esa maldita vieja!
—Sí, exacto. Tienes toda la razón. Fui yo la que sembró la cizaña. Yo los manipulé a todos, ¿y qué vas a hacer al respecto?
Ya que esa vieja no quería cooperar ni ser agradecida, decidió que era hora de descartar a ese peón.
De todos modos, una mujer ingenua y mimada de la alta sociedad ya no le servía de nada.
Mejor que dejara el puesto libre, así ella y su verdadera madre podrían entrar a la familia Moreno con la frente en alto.
—Ah, ¿ya no finges más? ¿Esa es tu verdadera cara? ¡Al fin te quitas la máscara!


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