—Marcos, se le acusa de malversación de fondos, lavado de dinero, fraude y otros delitos. Por favor, acompáñenos para ser investigado.
—¿Qué? ¡No! ¡Yo no hice nada! ¡Yo no...!
Marcos estaba perplejo, pero por mucho que intentara explicar o forcejear, nadie le hizo el menor caso.
No solo se lo llevaron a él, la policía también fue a la mansión de los Moreno y arrestó a su esposa.
Como Eduardo Moreno ya sabía la verdad, era evidente que no iba a permitir que esa familia siguiera perjudicando a los suyos.
¡No solo los metería a la cárcel, sino que se aseguraría de que se pudrieran ahí dentro!
Solo así podría estar tranquilo, sabiendo que no intentarían vengarse ni volverían a ser utilizados para engañar a sus hijos y a su esposa.
Eduardo no podía prometer que siempre estaría a su lado, así que esta era la única forma que tenía de protegerlos.
Apenas terminó de encargarse de aquel desastre, Clara Serrano le llamó por teléfono.
Seguro que Valeria ya le había contado todo lo que pasó hace un rato.
—Eduardo, ¿qué es lo que está pasando? Valerita es nuestra hija, ¿por qué la tratas así?
—La niña no tiene la culpa. Si hizo algo mal, dímelo a mí y desquítate conmigo, pero no le hagas daño a la niña.
Apenas se conectó la llamada, Clara Serrano no esperó a que él hablara y empezó a sollozar a moco tendido.
—¿Ah, sí? Entonces, ¿qué me dices del asunto con mi chofer? Supongo que estás al tanto, ¿no?
Eduardo Moreno fue directo al grano; en su tono de voz y en su actitud ya no quedaba ni rastro del mimo y la dulzura de antes.
Clara Serrano no esperaba que él supiera nada de eso. Al escucharlo, el corazón le dio un vuelco.
¿Cómo se enteró Eduardo Moreno?
¿Acaso el maldito de Marcos la había traicionado?
¡Imposible!
El dinero que le dio era suficiente para que toda su familia viviera a cuerpo de rey por el resto de sus vidas. ¿Cómo iba a ser tan estúpido para delatarse a sí mismo?

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