Valeria estaba encantada, saboreando cómo todos se postraban ante ella y disfrutando de ese embriagador sentimiento de poder absoluto.
¡Presentía que finalmente había comenzado su era dorada!
La atmósfera dentro de la inmensa sala de juntas era sofocante, con una pesada sombra de incertidumbre asfixiando a cada uno de los directivos presentes.
Y justo en ese momento, Alba Moreno hizo su entrada.
—Vaya prepotencia la de ustedes. Creen que por robarse un par de acciones ya pueden manejar el Grupo Moreno como si fuera la sala de su casa.
Alba entró a la sala con un paso sereno e imponente. No se apresuró a reclamar el asiento en la cabecera, simplemente tomó la primera silla disponible y se sentó cruzando las piernas.
—Ay, Albita, no lo llames prepotencia. Tu padre, antes de partir, me confió en sus últimos deseos que cuidara con mi vida el Grupo Moreno.
—Si estoy tomando estas medidas tan drásticas, es solo para no traicionar su confianza y para evitar que el imperio que tanto sudor le costó, colapse por completo.
Clara adoptó el tono de una madrastra bondadosa y afligida, dirigiéndose a Alba como si todo lo que estuviera haciendo fuera un acto desinteresado y heroico.
Esa habilidad para mentir sin que le temblara un solo músculo del rostro hizo que Alba sintiera ganas de reír a carcajadas por lo ridícula que se veía.
—Ja, qué conmovedor tu sacrificio.
Su padre habría dado su propia sangre con tal de desenmascarar a esa víbora y arrojarla a los buitres, o mejor aún, encerrarla para que se pudriera en la cárcel el resto de su vida.
Sería un chiste pensar que le habría entregado el legado familiar a ella.
Incluso habría preferido dejárselo a los idiotas de sus hermanos, o que el imperio quebrara en manos de los Moreno.
¡Pero jamás a esa advenediza!
—No es ningún sacrificio, querida. Ver al grupo florecer es la única forma en la que sentiré que le he cumplido a Eduardo.
—Por supuesto que te guiaré. Si hay cosas de negocios que no entiendes, mi puerta siempre estará abierta para ti.
Clara continuó con su teatro de cinismo absoluto, proyectando una imagen de salvadora benevolente.
A un lado, Valeria, al ver que aquella intrusa no tenía argumentos para defenderse, sintió que había llegado el momento de darle la estocada final. Con una sonrisa cargada de sarcasmo le dijo:
—No te preocupes, hermanita. Jamás olvidaré que los Moreno me dieron techo cuando no tenía nada.

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