A ese hombre solo le había faltado arroparla y quedarse vigilando hasta que se durmiera para poder irse en paz.
Ser amada de esa forma exclusiva por un hombre tan excepcional y devoto le hacía sentir que su vida no había sido tan trágica después de todo.
Aunque no había tenido mucha suerte con su familia biológica, al menos en el amor todo iba de maravilla.
Acostada en la tienda, Alba se sentía segura y en paz.
Últimamente habían pasado demasiadas cosas a su alrededor.
Se suponía que este viaje era para que los empleados se relajaran y liberaran estrés, pero ella lo necesitaba tanto o más que ellos.
Saber que la persona que amaba y en la que podía confiar estaba allí cerca, cuidándola, le daba una tranquilidad inmensa.
Justo cuando estaba a punto de quedarse dormida, percibió un ruido extraño fuera de la tienda.
Siempre alerta, abrió los ojos de golpe.
El ruido cesó casi de inmediato.
Aún así, no pudo evitar sentarse. Abrió la entrada de la tienda, decidida a echar un vistazo.
Para su sorpresa, lo primero que vio fue un tenue resplandor.
Al afinar la vista, se dio cuenta de que era un pequeño frasco de cristal transparente, lleno de luciérnagas que parpadeaban con suavidad.
Alba se quedó pasmada un segundo antes de comprender.
Tomó el frasquito iluminado con una sonrisa cómplice; una dulzura inmensa le inundó el pecho.
—Este tonto no duerme por andar cazando bichos —susurró, sabiendo perfectamente por qué lo había hecho.
Entró de nuevo en la tienda con una sonrisa y cerró la cremallera.
La luz de las luciérnagas iluminó el oscuro interior de la tienda, y de paso, también iluminó los rincones más oscuros de su corazón.
Esa pequeña luz la hizo sentir protegida y abrigada.
Ese hombre sí que sabía cómo tener detalles románticos.

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