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Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano romance Capítulo 424

Vera vio claramente en Silvana la arrogancia que solo da el saberse incondicionalmente amada.

Silvana tampoco le dio oportunidad de replicar, pasó a un lado de ella y se marchó,

apresurándose a llegar junto al hombre que la esperaba pacientemente afuera.

Vera se quedó de pie en su sitio por un largo rato.

Hasta que recibió una llamada de Pedro.

Recién entonces controló sus emociones y bajó al primer piso.

Ellos no podían intervenir en el asunto de Núcleo Industrial.

No había forma alguna de impedir que Silvana se convirtiera en su proveedora.

Cuando Vera salió, ya no vio a Sebastián ni a Silvana. A veces, de verdad deseaba poder abrirle el pecho a Sebastián para ver qué tenía en el corazón; ¿por qué siempre sabía exactamente dónde clavar el puñal para lastimarla más?

Era evidente que Pedro también estaba sumamente frustrado por esto.

Le preguntó: —¿Te llevo a casa primero?

Vera, absorta en sus pensamientos, estaba a punto de responder

cuando su celular sonó.

Todavía distraída, contestó sin mirar el identificador.

—Vera, ¿a qué hora vuelves a casa?

La voz de Doña Isabel sonó con un tono indescifrable.

Vera reaccionó de inmediato.

Miró el número en la pantalla.

Era el número fijo de la casa que compartía con Sebastián.

Doña Isabel había ido a La Residencia Zambrano.

Apretó los labios: —Apenas estoy saliendo del trabajo.

—Muy bien. Vuelve pronto, tu abuela te estará esperando.

La visita inesperada de Doña Isabel hizo que Vera se sintiera aún más abrumada. Lo de hoy ya era suficiente para arruinarle el ánimo, y ahora tenía que lidiar con esto.

En realidad, tanto ella como Sebastián habían estado yendo y viniendo de la casa en esos días sin un patrón fijo.

En ese momento, verse cara a cara estaba cargado de tensión y conflicto.

—Vera, ¿tienes tanto trabajo? —tan pronto la vio entrar, Doña Isabel se quejó—. Si los dos están tan ocupados, ¿cómo piensan cuidar de esta familia y planear el bebé?

Vera se acercó: —Sí, últimamente tengo muchos pendientes, me he quedado hasta tarde.

Por eso no podía volver a casa.

Puso esa excusa.

Pero la anciana golpeó la mesa: —¡Esto es el colmo!

—Sebastián maneja una enorme corporación, es inevitable que esté ocupado. Pero tú, Vera, no deberías esforzarte tanto en el trabajo. ¿Qué tiene de malo quedarte descansando en casa? Tu prioridad debe ser la familia Zambrano. Cuando te embaraces igual tendrás que tomar licencia de maternidad; mejor renuncia de una vez.

A Vera casi le dio risa escucharla, y de hecho soltó una carcajada irónica: —Abuela, creo recordar que él y yo ya sacamos los papeles del divorcio. ¿De verdad espera que renuncie a mi trabajo por él?

¿Por qué tenía que ser siempre la mujer la que se sacrificara de manera incondicional?

Aunque su trabajo no fuera tan lucrativo como el de Sebastián, ¿con qué derecho le exigían abandonarlo?

Doña Isabel notó la agresividad repentina en el tono de Vera, dudó un segundo y luego frunció el ceño: —Pero las promesas hay que cumplirlas. ¿Necesito recordarles el trato?

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