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Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano romance Capítulo 762

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Daniela se quedó mirándolo fijamente por unos instantes.

—¿Aún sientes algo por Vera? —le preguntó de vuelta.

Fue entonces cuando Sebastián respondió, en un tono completamente desapasionado.

—Piensa lo que quieras.

Era increíble que él se atreviera a despacharla sin siquiera darle una explicación, como si al ignorarla le estuviera dando la razón a cualquier cosa que ella dijera.

Nadie jamás había rechazado a Daniela.

Pero en ese preciso instante, más allá de la rabia, sintió que una inesperada chispa se encendía dentro de ella. Sin importarle las evasivas de él, disparó de frente:

—Me tiene sin cuidado si todavía la llevas en el corazón. Seré yo quien me encargue de arrancarla de ahí.

Sebastián ni siquiera se inmutó, ni un solo músculo de su rostro se movió para delatar alguna emoción.

Mantuvo la mirada fija en el encendedor que sostenía entre las manos.

Quién sabe qué demonios estaba pensando.

-

En realidad, Vera no tenía nada urgente que hacer ese día.

Así que se fue a dar una vuelta por un centro comercial, se compró un pastelito de almendras y se sintió de bastante buen humor.

En cuanto al tema de Sebastián y Daniela, estaba casi segura de que terminarían juntos.

El estatus de Daniela era, sin duda, el complemento perfecto para él.

Un matrimonio donde el poder y la clase encajaban a la perfección.

Sumado a que esa mujer poseía un rostro capaz de cautivar a cualquiera: era hermosa, orgullosa, con carácter y sin un solo defecto. Sebastián estaría más que satisfecho.

Aunque le seguía pareciendo una insolencia que Doña Isabel la hubiera obligado a ir para conocerla.

Pero, bueno, al menos había logrado escapar ilesa.

Su idea original era ir a pasar tiempo con Lina.

Sin embargo, en el camino recibió una llamada de Doña Elia Valdés.

El repentino cambio en la relación con ella aún la hacía dudar, pero, tras calmarse, decidió contestar.

—¿Presidenta Valdés?

No se atrevió a cambiar la forma de llamarla.

Después de lo que había pasado con Viviana, Vera no podía fingir que nada había sucedido.

—Lo sé. Darte la casa no significa obligarte a aceptarlo a él. Solo quiero que tengas un respaldo, algo tuyo para protegerte. Y esto no es para que te sientas en deuda conmigo, es pura y sincera devoción por mi propia sangre. Aunque decidas no aceptarlo a él nunca en tu vida, no importa.

Si Doña Elia se lo planteaba de esa forma...

Vera ya no tuvo el valor para decir que no.

Después de todo, Doña Elia siempre la había protegido y tratado con un cariño genuino desde el principio.

Soltó un suspiro:

—Está bien, puedo ir a echar un vistazo.

Llena de alegría, Doña Elia asintió repetidas veces al otro lado de la línea.

Vera bajó la mirada hacia su pastelito de almendras, dio media vuelta y volvió a subirse a un auto.

Ya había estado allí antes, así que el camino no le era desconocido.

Normalmente, a los taxis no se les permitía el paso en esa zona, pero probablemente los guardias ya estaban avisados, porque le dieron paso libre hasta llegar a la puerta.

—¡Profesora Suárez! ¡Vera!

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