Por ejemplo.
Esa bebida.
Aunque los movimientos de Sebastián fueron sumamente rápidos.
Ella lo observó bien: Vera, en efecto, ni siquiera había tocado ese jugo de mango; o no le gustaba o era alérgica.
Y el hecho de que Sebastián se lo cambiara había sido un reflejo automático.
Un acto tan natural que tal vez ni él mismo lo había notado.
Y otro detalle.
Cuando Sebastián la rechazó a ella, sus palabras fueron cortantes y directas.
Pero cuando se dirigía a Vera, su discurso siempre estaba lleno de dobles sentidos, insinuaciones retorcidas, un laberinto en el que obligaba a Vera a adivinar, como si la forzara a escarbar en él para entenderlo.
Era un estado mental completamente diferente.
Lo que demostraba que Sebastián tenía todo su interés puesto en Vera.
—Estás imaginando cosas —dijo Vera, sin entender de dónde sacaba Daniela esa melancolía ni esas ideas tan descabelladas—. Al fin y al cabo, estuvimos casados muchos años. Incluso si no éramos un verdadero matrimonio, compartimos siete años bajo el mismo techo. Es normal que tengamos nuestras dinámicas a las que ya estamos acostumbrados.
Daniela se quedó mirándola fijamente.
Y de pronto, soltó una carcajada sarcástica: —Vera, tienes una visión demasiado simple de los hombres.
Añadió: —En toda mi vida, Sebastián es el único hombre que me ha gustado y que simplemente me ignora. No le intereso, así que no me da ni una falsa esperanza. Si no saca provecho, no desperdicia ni un segundo de su tiempo. Es como lo que pasó el otro día; era obvio que no ocurrió nada con esa aparecida, pero él no se dignó a darme ni una sola explicación. Pero luego me puse a pensar...
—En realidad, sí se explicó.
Daniela la miró de nuevo con esa expresión indescifrable: —Solo que no me lo estaba explicando a mí.
Fue justo cuando Vera apareció esa noche que Sebastián, quien se había mantenido en absoluto silencio, finalmente abrió la boca para decir: «Cualquier explicación sobra. No me interesa en absoluto, no tengo ninguna necesidad de hacer este tipo de cosas en un momento así».
En ese momento ella creyó que él lo decía por respeto a las alianzas familiares, para aclarar la situación.
Pero al analizarlo hoy, la verdad le golpeó la cara.
Vera suspiró con resignación: —De verdad, le estás dando demasiadas vueltas.
Daniela torció la boca, insatisfecha: —¿No se te ha ocurrido pensar que, al estar en el ojo del huracán, eres incapaz de ver la realidad?
Vera estaba a punto de estallar en carcajadas por las ocurrencias de esta rica heredera. —¿Me estás diciendo que ahora yo soy tu enemiga?
Daniela negó con la cabeza: —Me da rabia la situación, eso sí, pero ir por la vida buscando pelea con otros porque las cosas no salen como quiero, sería caer bajísimo. A quien detesto de verdad es a la metiche de Alexa; me queda clarísimo que lo hizo a propósito. Pero tú... se nota a leguas que no eres de las que apuñalan por la espalda.
Daniela era bastante sensata a su manera.
Vera admitió que empezaba a tenerle cierto aprecio.
Era arrogante, sí, pero nunca injusta.
Antes de irse, Daniela le lanzó una última frase: —Aunque, pensándolo bien, ahora hasta lo disfruto un poco.
Vera no entendió a qué venía eso: —¿Por qué lo dices?
Daniela se cruzó de brazos y dejó escapar un bufido irónico: —Porque si yo no puedo tenerlo a él, Sebastián Zambrano tampoco puede tenerte a ti. Al final, los dos estamos exactamente en el mismo hoyo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano
Me gusta la historia, pero creo que le han puesto demasiado a la trama y se está haciendo muy larga...
¿Cuándo se publicaran más capítulos?...
Porque no hay más capítulos...
Que lastina que no esta gratis para poder leerlo😭😭...