Las luces blancas del quirófano eran tan deslumbrantes que ya no lograba distinguir nada con claridad.
En el último segundo antes de que su conciencia se desvaneciera.
Sintió un toque cálido sobre la mano que descansaba a su costado; aquel contacto fue tan sutil, tan solo un ligero apretón.
La sensación parecía una ilusión.
Desapareció en un abrir y cerrar de ojos.
Justo en el instante final, antes de cerrar los ojos, los labios de Sebastián se movieron sin emitir ningún sonido.
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Fuera de la sala de operaciones.
El equipo del Profesor Robert era la élite mundial en cirugía oncológica; se encargaron específicamente de atender el complejo cuadro de Sebastián, asumiendo el control absoluto de todo el quirófano.
Los demás aguardaban en los pasillos.
Doña Elia y el Maestro Cárdenas estaban sentados, pero sus mentes no descansaban. La situación del hombre era tan complicada y llena de contratiempos que, a pesar de haber dedicado la mayor parte de sus vidas a la medicina, pocas veces habían visto un caso igual.
Ambos seguían discutiendo los detalles específicos del historial médico.
No obstante, la atmósfera pesaba.
Sentían angustia y lástima por una vida en riesgo, y, al mismo tiempo, el corazón se les encogía por la carga que llevaba Vera, a quien querían como a una hija.
Vera había optado por estar dentro del quirófano para operar el robot que ella misma desarrolló, utilizando los microbisturís de precisión y dando apoyo continuo en el procedimiento.
Eso implicaba presenciar, de primera mano, cualquier crisis letal que pudiera surgir durante la intervención.
Si sus emociones se alteraban aunque fuera un milímetro, toda la coordinación fallaría.
Pero como ella era la inventora de la máquina, nadie la conocía mejor; dejarla al mando era la opción más segura.
—¿Cuánto va a tardar esta cirugía? —preguntó Daniela, que ya se había sumado a la espera, sumamente preocupada por si Vera podría soportar semejante tensión.
Doña Elia contestó: —Más de 10 horas.
La extirpación de un tumor cerebral en una zona tan profunda, plagada de vasos sanguíneos y terminaciones nerviosas, era una de las cirugías más arduas y difíciles que existían.
Todavía no sabían con certeza cuánto tardarían.
Al escuchar eso, a Leo se le revolvió el estómago: —Vera tiene un corazón de piedra. Dijo que no lo vería, y no lo vio. A Sebas ya lo anestesiaron y ella no le dirigió ni media palabra.
En un momento de vida o muerte, ¿no le daba miedo que esa frialdad de ahora se convirtiera en su mayor arrepentimiento después?
—Si Sebastián realmente no sobrevive, decir más cosas solo dejaría penas inútiles. Serían como palabras de despedida. Vera sabe lo que hace y tiene sus planes mucho más claros que tú.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano
Me gusta la historia, pero creo que le han puesto demasiado a la trama y se está haciendo muy larga...
¿Cuándo se publicaran más capítulos?...
Porque no hay más capítulos...
Que lastina que no esta gratis para poder leerlo😭😭...