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Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano romance Capítulo 954

Vera se quedó atónita.

Los revisó uno por uno.

En cada uno estaba escrito su nombre.

La letra, inconfundiblemente, era la de él.

Uno por cada año.

Ahora, en el octavo año, había un total de ocho amuletos.

Sintió que la garganta se le cerraba. No sabía si era por el resplandor de la lámpara, pero su visión se nubló y se dio cuenta de que en ese saquito había algo más.

—¿Hay más?

Sebastián vaciló un segundo antes de colocarle otra pequeña cosa en la palma de la mano. —Esto también.

Vera miró, incrédula, el pequeño caramelo de leche en su mano.

El empaque transparente tenía un ligero tono amarillento, señal de los muchos años que había pasado guardado. El color del caramelo también había sufrido un leve cambio, pero el envoltorio estaba limpio y perfectamente conservado.

Ella lo reconocía.

Era el caramelo de leche que más le gustaba comer en aquel entonces.

Se lo había dado especialmente a él para convencerlo de que se tomara su medicina y se curara.

Pero después de que Sebastián se marchara sin despedirse, ella encontró en su mesita de noche el frasco de cristal con todos los caramelos de leche que le había estado dando a diario. Él no se había comido ni uno; los había juntado y se los devolvió todos antes de irse.

Solo se llevó uno, y lo había guardado durante todos estos años.

Como si ese caramelo fuera un santuario en su corazón, el recordatorio de que su tiempo juntos en el campo había sido real, su consuelo emocional.

Él la amaba.

Siempre la había amado profundamente, en silencio.

Plop...

Una lágrima cayó de repente sobre el envoltorio.

La expresión de Sebastián, que hasta entonces había sido lánguida y relajada, se congeló de inmediato. La tomó por los hombros y se inclinó para mirarla. —¿Por qué lloras?

Vera alzó la mirada hacia él.

De repente, sintió que el hombre frente a ella no era real.

Una vez más, sintió el temor, el miedo de que el hombre en ese momento fuera solo una ilusión, producto de su fantasía.

Vera se puso de puntillas, rodeó su cuello con los brazos y lo besó sin darle tiempo a reaccionar.

Las pupilas de Sebastián se contrajeron.

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