...
Eran más de las tres de la madrugada cuando Joaquín regresó a la mansión Carrasco.
El auto avanzó por los terrenos, donde el único sonido era el viento susurrando entre las copas de los árboles.
Al detenerse,
no bajó del vehículo.
Se reclinó perezosamente en el asiento, con las piernas largas ligeramente flexionadas. El cuello de su camisa negra estaba desabrochado, dejando a la vista una pálida y atractiva clavícula.
La luz dentro del auto era escasa.
Levantó una mano y, con parsimonia, se frotó la comisura de los labios con el pulgar.
Allí parecía persistir el aroma tenue y cautivador de ella.
Recordaba cómo había salido del baño, con el cabello húmedo sobre los hombros, una mirada relajada, y cómo había tirado de su corbata para acercarlo.
Esos ojos fríos y deslumbrantes.
Tan directos.
Tan relajados.
Y con esa pizca de indulgencia despreocupada.
Como un fuego que había comenzado en sus labios y se había abierto paso hasta incendiarle el corazón.
La manzana de Adán de Joaquín subió y bajó, y la intensidad en su mirada se oscureció en ese instante.
Fue un beso muy ligero, como un premio.
Pero logró volverlo más loco que cualquier insinuación.
Cerró los ojos y rio por lo bajo.
Lo admitía.
Esa noche se había dejado engatusar.
Kiara había sido demasiado dócil.
Tan dócil que... no parecía ella.
Había aceptado que todos fueran juntos en tres días.
Incluso se lo había repetido una y otra vez mirándolo a los ojos antes de que él se marchara.
Pero esa punzada de inquietud en el pecho de Joaquín no desaparecía por nada del mundo.
Porque la conocía demasiado bien.
Kiara era demasiado lista.
Y estaba demasiado acostumbrada a cargar con todo el peso del peligro sola.
Nunca fue el tipo de mujer que se escondía detrás de alguien.
Mientras más dócil, silenciosa y tranquila parecía, más lo preocupaba.
Un lugar como Puerto Blanco era tierra de nadie.
Era un mercado negro sin leyes.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Indomable: No soy la chica que echaste