—Guíeme.
El encargado le devolvió la sonrisa, complacido.
—Por aquí, por favor, Sanadora.
Kiara tomó su maletín médico gris plateado y lo siguió con paso perezoso.
Dos guardias de seguridad del barco iban delante abriendo paso.
Otros dos caminaban a una distancia prudente detrás de ella.
Se suponía que era una escolta.
Pero, en realidad, era pura vigilancia.
Kiara mantuvo una expresión serena, sin mostrar la más mínima molestia en el rostro.
Daba la impresión de que su mente solo estaba enfocada en el jugoso pago que le esperaba.
El encargado miraba de reojo de vez en cuando.
Al verla tan relajada y despreocupada, sus sospechas comenzaron a disiparse.
La Sanadora era alguien difícil de controlar.
Pero, como toda persona movida por la codicia, tenía una debilidad muy clara.
Entre más avariciosa fuera, más fácil era manipularla con dinero.
Y si había algo que sobraba en la Ruta Cero, era precisamente eso.
Mientras lograra mantener vivo a ese espécimen...
Pagarle lo que pidiera valdría cada maldito centavo.
El grupo cruzó los corredores más profundos de la zona médica y descendió a los niveles inferiores del barco.
A medida que bajaban, el aire se volvía cada vez más gélido.
En el camino, tuvieron que atravesar tres compuertas de máxima seguridad.
Con cada puerta que cruzaban, la presencia de guardias se multiplicaba.
En el primer control, bastó con pasar una tarjeta de identificación y un escáner de retina.
Pero en el segundo, además de los protocolos iniciales, se requirió un escaneo exhaustivo de los biométricos del encargado.
La vigilancia a lo largo del pasillo era asfixiante.
Casi cada tres metros, había dos guardias del barco armados hasta los dientes.

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