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La Alfa Traicionada: Madre de los Cachorros del Fuego romance Capítulo 3

RONAN

El aire en la casa real del Reino del Fuego era sofocante, y no tenía nada que ver con las llamas eternas que ardían en las grandes antorchas de los pasillos.

No. Era mi ira la que caldeaba la atmósfera.

Caminé con pasos firmes hasta mi estudio, sintiendo la presencia de los intrusos siguiéndome.

La tal Astrid y Elliot entraron detrás de mí, pero yo no tenía intenciones de prolongar este encuentro más de lo necesario.

—Sal de la habitación, Elliot —ordené sin mirarlo.

—Pero, Señor...

Lo interrumpí con un gruñido bajo.

—Ahora.

Elliot miró a Astrid, como si buscara permiso, pero ella se mantuvo impasible. Con evidente duda, se retiró cerrando la puerta tras de sí. Una vez solos, me giré hacia la mujer que se atrevía a venir a mi territorio con promesas de secretos y venganza.

Sin más preámbulos, cerré la distancia entre nosotros y la sujeté por el cuello con una mano, alzándola lo suficiente como para que sus pies apenas rozaran el suelo.

—Quiero la verdad —le advertí, mi voz un gruñido grave—. De lo contrario, será fácil para mí matarte aquí mismo. Habla. ¿Por qué abandonaste a tu esposo y a la manada del Viento?

Sus ojos celestes, marcados con el distintivo de un Alfa, brillaron con desafío. Se negaba a ceder al miedo, lo cual, lo admito, era digno de reconocimiento. Forzó su voz mientras luchaba por respirar.

—No fue por voluntad propia —logró decir—. Magnus me acusó de traición, me rechazó y me desterró para casarse con mi prima Sigrid.

La solté bruscamente, haciéndola caer de rodillas.

—Una historia conveniente. ¿Por qué habría de creer en la palabra de una exiliada? —espeté, cruzando los brazos—. Si tu propio esposo te acusó de traición, es porque seguramente lo eres.

Astrid se incorporó con rapidez, frotándose el cuello, y me lanzó una mirada feroz.

—¡No te atrevas a dudar de mi honor! —rugió—. He sido muchas cosas, pero jamás una traidora. Mi único pecado fue amar a un hombre que nunca me quiso. Me envenenaron para impedir que tuviera hijos. Me humillaron y me maldijeron con la infertilidad. Y ahora Magnus tiene lo que siempre quiso: a Sigrid en su cama y mi nombre pisoteado.

Su voz tembló al final, pero no por debilidad. Era furia contenida.

—Lo que quiero es venganza. Y si tú me lo permites, puedo darte información sobre las estrategias de guerra de Magnus. Puedo convertirme en parte de tu ejército de Betas.

Su propuesta me tomó por sorpresa, pero no dejé que se notara. Me acerqué con lentitud, observándola con detenimiento, evaluándola.

—¿Una Alfa... sirviendo entre mis Betas? —musité con sorna—. Eso sería un desperdicio.

Rápidamente, rompí su blusa de un tirón, dejando al descubierto su cuello. Mis ojos buscaron el collar de las compañeras del Alfa, aquel que Magnus debió haberle dado. Pero no estaba. Un signo claro de que su lazo con él estaba roto. Interesante.

Astrid se quedó inmóvil, sus puños cerrados con fuerza. Su orgullo era tangible, pero no dijo nada.

—Voy a pensar en tu propuesta —le informé finalmente, dejando caer los restos de tela de su blusa—. Te quedarás en la casa de Elliot esta noche. Mañana te daré mi respuesta.

Sin más, le señalé la puerta. Astrid se ajustó lo que quedaba de su ropa y salió sin mirar atrás.

Cuando quedé solo, exhalé con pesadez. Una Alfa desterrada con sed de venganza... Quizá Astrid podía ser más útil de lo que pensaba. Y sin duda, más peligrosa.

Mi mente me decía que desconfiara, pero algo en su mirada, en la forma en que su voz se quebró cuando habló de su destierro, me hacía dudar.

—Hijo…

La voz de mi madre me sacó de mis pensamientos. Me giré hacia ella con el ceño fruncido. Mi madre era una mujer fuerte, de mirada aguda y porte regio.

—Lucian quiere verte —anunció con suavidad, pero con urgencia.

El aire abandonó mis pulmones en un instante. Salí de la habitación apresurado, mis pasos resonando con furia mientras me dirigía a los aposentos de mi hijo.

Cuando abrí la puerta, lo encontré sentado en la cama, envuelto en mantas gruesas. Su pequeño rostro estaba pálido, pero sus ojos negros me miraban con determinación. Su ropa aún estaba húmeda, y la chimenea encendida intentaba devolverle el calor perdido.

—¿Cómo demonios terminaste en ese río? —rugí, mi voz llena de ira y preocupación. Miré a los sirvientes que rodeaban la cama, esperando respuestas.

Todos bajaron la cabeza, ninguno se atrevió a hablar.

CAPÍTULO 03 1

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