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La Desaparición de la Esposa Hacker romance Capítulo 113

La angustia que sentía Agustín en ese momento era imposible de describir. Sentado en el asiento trasero del Rolls-Royce, sostuvo la mano suave de su madre, pegándose a su brazo terso y mirándola con un cariño desesperado.

Cada vez que él buscaba ese consuelo, su mamá lo abrazaba con ternura, le daba un beso en la frente y le susurraba chistes al oído para hacerlo sonreír, como si el mundo fuera seguro solo si ella lo protegía.

—Mamá... —apenas dijo Agustín, cuando sintió que su madre retiraba el brazo al instante, girándose hacia la ventana para mirar la ciudad que pasaba volando junto al carro, sin siquiera lanzarle una sola mirada.

El niño recordó, dolido, cómo su mamá nunca le hacía caso cuando la tía lo regañaba con dureza, pero sí se preocupaba enseguida si Joaquín se hacía apenas un rasguño en la mano. No le compraba regalos de cumpleaños, pero a Joaquín le regaló ese enorme robot transformable que tanto deseaba.

Aguantándose las lágrimas, Agustín entrelazó los dedos con fuerza y en su mirada se encendió una furia silenciosa.

Sentado al otro lado de Agustín, Mariano no perdió detalle de la escena.

...

Cuando el carro llegó al hotel, la entrada rebosaba de gente. El salón de fiestas hervía de voces y risas, pero cuando Mariano apareció, el bullicio se intensificó aún más.

Todos se acercaron a felicitarlo, lanzando elogios sin parar.

Begoña no tenía ganas de quedarse ahí, pero Mariano la tomó de la mano entrelazando los dedos, obligándola a permanecer a su lado.

Mientras escuchaba los saludos y las alabanzas, todos decían cuánto la quería Mariano, que era una mujer muy afortunada por haber conseguido semejante marido.

Antes, incluso después de escuchar lo mismo una y otra vez, el corazón de Begoña latía con fuerza y, sin darse cuenta, se refugiaba en el pecho de Mariano, apartándose avergonzada de la multitud.

Pero ahora, sus ojos parecían de hielo y solo observaba la escena como si fuera un espectador. En su interior no sentía ni la más mínima emoción.

La ceremonia de compromiso comenzó pronto. El presentador subió al escenario para dar la bienvenida y la gente se dispersó poco a poco.

Después de todo, la familia Barrera, tan estricta y tradicional, aceptando como nuera a una hija no reconocida, era el tipo de escándalo que daba de qué hablar durante semanas.

Las luces se atenuaron, un reflector iluminó al presentador.

Begoña no quería pasar un minuto más al lado de Mariano. Aprovechó la excusa de ir al baño, pero en realidad se fue directo a la sala de descanso.

Apenas se sentó en el sofá, Álvaro entró.

Al cruzar miradas, Begoña recordó la confesión que Álvaro le había hecho por videollamada el día anterior. Se sintió incómoda de inmediato.

—Lo de ayer... Aurora me lo contó —dijo él, con voz baja.

—Bego, ¿él te lastimó? —Álvaro se quedó junto a la puerta, al notar la incomodidad en la mirada de Begoña, ni siquiera se atrevió a acercarse.

Después de todo, Aurora había sido echada por Mariano junto con la laptop. Seguramente alcanzó a oír el grito desesperado de Begoña antes de irse.

—Shhh, aquí todo se escucha.

La habitación, llena de cajas y trastes, era tan estrecha que apenas cabían los dos. El ambiente se volvió incómodo de golpe.

Pero Begoña no podía pensar en eso.

—Mariano controla casi todo por tierra, aire y mar. Si quiero escapar, solo podré hacerlo cuando el jefe venga por mí y logre cortar toda la señal de Nueva Almería por diez minutos.

—No tienes que preocuparte por mí, de verdad. Él no va a hacerme nada —intentó tranquilizarlo Begoña, pero Álvaro, de pronto, levantó la capa de su cabello, dejando que sus dedos rozaran su piel.

—¿Y esto? ¿Entonces cómo explicas esto? —preguntó él, señalando la marca en su cuello.

El contacto de esos dedos, ásperos, encendió una chispa que le recorrió todo el cuerpo.

Incómoda, Begoña lo apartó. Sabía que él no había querido tocarla así, pero el espacio era tan pequeño que, al retroceder, Álvaro se recargó en el gabinete y terminó empujándola contra la pared.

Su respiración, cálida y agitada, le quemaba la piel. De repente, sus labios rozaron justo la marca en el cuello de Begoña.

De pronto, pasos se escucharon afuera. Alguien giró la perilla y abrió apenas una rendija.

—¿Quién está ahí?

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