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La Desaparición de la Esposa Hacker romance Capítulo 87

—¿Tú… tú de qué estás hablando? ¿Qué secuestro? —Patricio intentó evadir, nervioso, incapaz de mirar a los ojos.

Pero Mariano rodeó a Begoña con más fuerza, sus ojos oscuros y llenos de rencor se clavaron en Patricio.

—Aunque lo niegues, ya no hay mucho que pueda hacer. Ya pasaron diez años, no hay testigos ni pruebas —Begoña miró a Patricio, ese rostro que tantas veces la había atormentado en sus sueños—. Ya te di la oportunidad.

—Fuiste tú quien no supo aprovecharla.

Apenas terminó de hablar, salió de la sala de juntas. Catalina fue tras ella, llevando a Reina de la mano.

Mariano se quedó quieto, con la mirada entrecerrada y cargada de desprecio sobre Patricio.

Nadie podía lastimar a Bego sin pagar las consecuencias.

Con una seña, Mariano ordenó a los guardaespaldas. Uno de ellos se acercó y sujetó a Patricio por los brazos.

Patricio gritó, desesperado.

—¡Señor Mariano, no le haga caso a Bego, está inventando! ¡Soy su padre, jamás podría haberla secuestrado!

Había escuchado lo que Begoña dijo: no tenía testigos ni pruebas.

—¡Se lo juro, señor Mariano! Bego sólo me odia por lo de su madre, por eso me quiere culpar de algo tan grave. ¡No tiene cómo probar nada!

Mariano lo miró con asco, viendo ese gesto retorcido y ruinoso que tanto detestaba. Si no fuera por Rosario, hacía tiempo que habría acabado con él.

Y ahora, enterarse así de que Patricio había sido el verdadero culpable del secuestro de Begoña…

Que fue él quien la dejó marcada para siempre.

No pensaba perdonarlo.

Mariano soltó una risa seca, una carcajada amarga.

—Yo no necesito pruebas para hacer lo que quiero. Llévenselo y denle de comer a los perros.

—¡Aaaah—!

Los gritos de Patricio se ahogaron, cubiertos por la mano del guardaespaldas.

Mariano, sin inmutarse, dio media vuelta y fue tras Begoña, sus pasos firmes y decididos resonando en el pasillo.

—¡Ayúdenme, me quieren matar, auxilio! —Maribel chilló histérica, hasta que un guardaespaldas la dejó inconsciente de un golpe certero.

Begoña la rodeó con los brazos, sintiendo que sólo Tamara le ofrecía un cariño sincero. Se le hizo un nudo en la garganta.

—Estoy bien, Tamara, de verdad.

Agustín bajó del segundo piso y, al ver a todos rodeando a su madre, con su carita preocupada, frunció el ceño.

—Mamá, llévame al hospital a ver a la señorita Rosario.

—Agustín, ella es una mala persona —Tamara se adelantó, indignada—. ¡Casi tira a mi tía por las escaleras!

Agustín empujó a Tamara.

—La señorita Rosario nunca haría eso. ¡Fue mi mamá quien la empujó!

—Si no, ¿por qué mi mamá está aquí sentada y la señorita Rosario está en el hospital, llena de sangre, que hasta dicen que puede morirse?

—Y hasta perdió a su bebé.

La frase retumbó en el aire. Begoña, helada, miró a Agustín con una mezcla de asombro y rabia.

—¿Tú sabías que Rosario estaba embarazada? —preguntó, con la mirada afilada—. Ese bebé… ¿de quién era?

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