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La Desaparición de la Esposa Hacker romance Capítulo 90

—¡Señora, cuidado!

Begoña fue empujada hacia adelante de repente, pero Dolores reaccionó al instante y la sostuvo con firmeza, jalándola a su lado.

Agustín, en cambio, no alcanzó a detenerse y terminó cayendo de bruces al suelo, soltando un grito de dolor que heló la sangre a todos.

—¡Señor Agustín! —El mayordomo corrió y se agachó para abrazar a Agustín.

Begoña se quedó petrificada al ver cómo la frente de Agustín golpeaba directo el piso; la herida se abrió y la sangre brotó en un chorro tan intenso que le revolvió el estómago.

—¡Apresúrense, hay que llevarlo al hospital ya! —gruñó entre dientes, apenas conteniendo el pánico.

Acto seguido, volvió la mirada hacia Dolores y le ordenó:

—Ve a avisarle a la abuela y a Mariano —forzándose a sonar calmada.

En ese momento, Begoña tomó a Agustín de los brazos del mayordomo. Reina la ayudó a sostenerlo y, junto con Dolores, los cuatro salieron corriendo hacia la camioneta.

El mayordomo encendió el carro a toda prisa.

Las llantas rechinaron y el vehículo se perdió en la distancia.

Begoña apenas podía dejar de temblar. Sostenía a Agustín, que casi ni se movía, pegándolo fuerte a su pecho, mientras las lágrimas caían sin control por sus mejillas.

—Mamá… me duele mucho —susurró Agustín, con la voz tan débil que apenas se oía. El cuerpo le temblaba, como si el frío lo dominara.

Al escuchar esa vocecita, a Begoña se le partió el corazón en mil pedazos.

—Agustín, no tengas miedo, aquí estoy, mamá no va a dejar que te pase nada.

Tomó una servilleta que Reina le extendió y la presionó contra la herida de Agustín, mientras ordenaba sin dudar:

—¡Llama a Mariano! Que avise en el hospital y consiga a los mejores médicos. ¡No puede pasarle nada a Agustín!

Reina, sin perder un segundo, marcó a Mariano y le explicó la situación.

—Mamá, perdón, yo… —balbuceó Agustín al ver la preocupación de Begoña, recordando que hace un rato había intentado empujar a su madre.

Se preguntó si, de haberla empujado, ella también sentiría ese dolor tan feo.

La culpa lo inundó de repente, apretándole el pecho.

—No digas nada, guarda tus fuerzas.

Begoña pegó su cara a la de su hijo, tan pálida como una hoja de papel.

—Mamá sabe que no es tu culpa. Alguien te llenó la cabeza de cosas feas, por eso le gritaste a Tamara, por eso defendiste a ese niño que ni sabemos de dónde salió.

—Cuando seas más grande, vas a entender mejor las cosas. Yo sé que mi Agustín es el mejor del mundo.

El llanto de Begoña caía y se mezclaba con la piel de Agustín, un sabor amargo que se le quedó en los labios… y en el alma.

—¿Cómo fui tan despistada? Nuestro hijo siempre ha sido inquieto. Si a Agustín le pasa algo… ¿qué vamos a hacer?

Al ver a Begoña tan vulnerable y angustiada, a Mariano se le revolvió el alma.

Sabía bien que para ella, Agustín era más valioso que su propia vida. ¿Cómo no iba a sentirse así de mal?

—Tranquila, amor —le susurró—, fue un accidente, no tienes la culpa. Agustín es fuerte, va a salir adelante.

Begoña se hundió en el pecho de Mariano, sin poder dejar de llorar.

El remordimiento la consumía.

Su hijo apenas tenía cinco años, y aunque hubiera cometido errores, seguía siendo un niño. No merecía nada de esto.

Y ella… lo había soltado.

Mariano la ayudó a sentarse en una banca, abrazándola, murmurándole palabras de consuelo.

Pero Begoña no escuchaba nada. Su mente era un torbellino y sus ojos no se despegaban del letrero rojo encendido sobre la puerta del quirófano, suplicando en silencio que el destino no le arrancara a su único hijo.

Catalina, al ver el estado de Begoña, prefirió no decir nada más y se sentó en silencio del otro lado.

No sabían cuánto tiempo había pasado cuando, por fin, la luz de la sala de cirugía se apagó.

El doctor y las enfermeras salieron al pasillo.

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