Regina sintió como si le hubieran vaciado un balde de agua helada sobre la cabeza. Aunque la conversación telefónica previa ya le había dado una pista, escuchar la palabra "repulsión" salir directamente de los labios de César la llenó de una tristeza y una vergüenza insoportables.
Para una mujer con un ego tan inflado, ser humillada de esa manera por el hombre que amaba era un golpe devastador.
—¡Te odio, César de Soto! —estalló Regina en un grito agudo, cubriéndose el rostro mientras salía huyendo.
A César le importó un bledo. Mujeres como ella no merecían ni un segundo de sus emociones o su energía mental.
Tenía asuntos mucho más importantes que atender. Al pensar en ello, sus facciones se suavizaron por completo.
Miró su reloj. Ya era hora de que Eliana saliera del trabajo.
Regina, por su parte, regresó a su habitación echa una furia. Cerró la puerta de un portazo, hundió la cara en la almohada y rompió a llorar sin consuelo. Si las lágrimas que derramó frente a César habían sido a medias falsas para buscar lástima, estas eran cien por ciento reales. Le habían destrozado el corazón.
Su llanto era una mezcla caótica de rabia, vergüenza y un amor que ahora se entrelazaba con el odio hacia aquel hombre.
—Mamá... buaaah... mamá... —logró decir entre sollozos tras marcarle a Yolanda Guerrero. En ese momento, solo su madre conocía su oscuro secreto, y solo ella tenía la astucia suficiente para salvarla del abismo.
—Mi niña preciosa, ¿qué pasó? ¿Alguien te lastimó otra vez? —La voz de Yolanda sonó tan dulce y serena como siempre.
—Mamá, acabo de preguntarle a César... y me dijo que le doy asco. Hice lo que me dijiste, lloré frente a él, me vi vulnerable... pero me miró con desprecio. ¡Mamá, no sé qué hacer! —lloriqueó Regina, tropezando con las palabras mientras relataba todo de forma inconexa.


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