—Mi niña tonta, te digo que yo misma vi el brazalete que mandó César de Soto. Una joya así no se consigue en cualquier parte. El mes pasado fui a una subasta, y una pieza que no le llegaba a los talones se vendió por ochenta millones de pesos. ¡Este brazalete demuestra cuánto vales para ellos! Imagínate, una vez que te unas a la familia de Soto, todo esto será tuyo.
Esas palabras surtieron efecto. Regina se enderezó poco a poco, y el brillo de sus ojos volvió a encenderse, ahora mucho más firme y calculador.
—Pero ten mucho cuidado de no abrir la boca de más. ¿Ya agendaste la cita para el legrado? En cuanto cerremos este acuerdo, tienes que deshacerte rápido de ese bebé. Después, cuando te cases y seas la señora de Soto, tú tendrás el control de todo, ¿me oyes? —le advirtió Yolanda en un susurro, clavándole la mirada.
—¡Sí, mamá! —Los ojos de Regina se llenaron de una ambición voraz—. Esta tarde iré a que me hagan un facial, un masaje completo, y luego a comprarme el vestido más hermoso.
—Yo iré contigo.
Madre e hija salieron rápidamente, dispuestas a arrasar con la ciudad.
Apenas se habían ido, el mayordomo entró al despacho para anunciar la visita de Manuel Romano.
Don Octavio enarcó una ceja. Vaya, el día de hoy su casa parecía una parada obligada para todos.
Mandó a que lo pasaran. Conversaron brevemente sobre los detalles del último proyecto en el que estaban colaborando. Desde que Manuel se enteró de que Eliana era nieta de los Guerrero, sus visitas se habían vuelto cada vez más frecuentes.
En su afán de acercarse a Eliana, había estado dispuesto a ceder grandes márgenes de ganancia en los negocios de la familia Guerrero, con la única condición de que ella fuera el contacto principal del proyecto. Pero Eliana se negó rotundamente.
A pesar de eso, Manuel se las arregló para colaborar en un proyecto menor y, de este modo, ir cultivando una buena relación con el abuelo. Su lógica era sencilla: si se ganaba el favor del patriarca, aunque Eliana no quisiera verlo ni en pintura, no tendría cara para cerrarle la puerta en las narices.
Tras unos minutos de charla, Don Octavio cortó la formalidad. —Manuel, estoy seguro de que no viniste solo para hablar de un proyecto tan pequeño.


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