Sin decir una palabra más, la Señora Romano dio media vuelta y se marchó apresuradamente.
Al ver su silueta alejarse, Paola pidió perdón en silencio. Todo eso se lo había dictado Esther Garza palabra por palabra, pero se consoló pensando que, al fin y al cabo, no le estaba haciendo daño físico a nadie.
Mientras caminaba por la mansión, el pánico se apoderaba de la madre de Manuel.
A su hijo lo habían apuñalado exactamente en la misma zona. ¿Y si él también...?
Con el corazón en la garganta, sacó su teléfono y lo llamó de inmediato.
—Manuel, mi niño, tienes que hacerme caso. Ve al hospital a hacerte un chequeo completo. Me preocupa muchísimo que esa herida de cuchillo te haya dejado secuelas graves.
Manuel, desde su oficina, soltó un suspiro de agotamiento. No entendía qué mosca le había picado ahora a su madre.
—Mamá, ya me hicieron todos los exámenes. Estoy perfecto, la herida está cicatrizada. —Su tono dejaba claro que no quería seguir hablando del tema.
—¡No, escúchame! —insistió ella, desesperada porque no la tomara en serio—. Vi un reportaje en las noticias que decía que ese tipo de lesiones en la columna pueden afectar la fertilidad de un hombre.
La indirecta fue tan clara como el agua.
Manuel se echó a reír, totalmente incrédulo.
—Te he dicho mil veces que dejes de leer tantas tonterías en internet, solo inventan cosas para asustar a la gente. Ya, mamá, tengo que colgar. Estoy a punto de entrar a una reunión.
Manuel no le dio ni la más mínima importancia al asunto.
Pero para su madre, la semilla ya estaba plantada. Tras colgar, su corazón latía de forma descontrolada. Una vez que una duda tan aterradora se instalaba en la mente de una madre, era imposible arrancarla.
Y ese era, exactamente, el brillante plan de Esther: que el propio Manuel descubriera su infertilidad y que creyeran ciegamente que había sido a causa de la puñalada. De esa forma, ella saldría impune, moviendo los hilos desde las sombras sin mancharse las manos.
Por otro lado, Eliana y César de Soto acababan de terminar de cenar y regresaban al edificio. La intención de Eliana era despedirse en el pasillo, ella entraría al apartamento 1802 y él al 1801.


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