—Las familias de Soto y Guerrero hemos sido aliadas por años y queremos unirnos. Hoy, en presencia del Señor de Soto, hemos acordado que tú y Simón hacen una pareja excepcional. Son perfectos el uno para el otro —declaró Don Octavio con una sonrisa afable.
—Ven, mira esto. Este es el regalo de compromiso. —Don Octavio sacó un brazalete de esmeraldas de una pureza y brillo extraordinarios, el mismo que Yolanda había visto antes.
El color desapareció del rostro de Regina y de su madre de inmediato.
Regina se quedó muda. Aunque el brazalete era una pieza invaluable, en ese momento para ella no era más que basura.
Sus uñas se clavaron profundamente en el brazo de Yolanda. Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero con Don Octavio presente, no se atrevía a armar un escándalo.
Yolanda, viendo la desesperación de su hija, sintió un vuelco en el estómago. Ella había criado a Regina para que ocultara sus emociones; verla así significaba que estaba destrozada.
Por debajo de la mesa, Yolanda pateó a su esposo, exigiéndole que interviniera y dijera algo.
Claudio Guerrero estaba, como de costumbre, desconectado. Era un hombre que dejaba toda la carga a su esposa, a la que le encantaba mandar.
Sintiendo las patadas, Claudio intentó no hacer caso, pero Yolanda fue tan insistente que casi le saca sangre con las uñas.
Él siempre había sido un conformista. Solo quería vivir de los dividendos de Don Octavio. Aunque eso les garantizaba lujos, para Yolanda y Regina nunca era suficiente.
Yolanda lo odiaba por inútil. Si él tuviera éxito y contactos, el futuro de Regina no dependería del abuelo.


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