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La doble vida de la esposa traicionada romance Capítulo 342

En comparación, que Rose tuviera el honor de que el Señor de Soto coleccionara sus pinturas, parecía hasta un detalle perdonable.

Su dedo índice rascaba de forma inconsciente el borde de la uña de su pulgar, la cual ya estaba en carne viva, llena de padrastros y heridas. Pero ella no sentía ningún dolor.

El verdadero nombre de May era Maya Solís. Desde niña, recibir palizas y ser el blanco de insultos constantes era el pan de cada día para May.

Siendo tan pequeña que ni siquiera alcanzaba la altura de la mesa, la obligaban a subirse a un banquito para hacer las tareas del hogar. Si rompía un solo plato, su castigo era una golpiza que la dejaba sangrando, sin un centímetro de piel ileso, para luego ser encerrada sin comer.

Como si eso no fuera suficiente, tenía un hermano menor al que sus padres adoraban como si fuera un tesoro. Maya llegó a preguntarse infinidad de veces si realmente era hija biológica de aquella pareja.

Su madre, la señora Sonia, trabajaba como niñera en la mansión de la familia de Soto, en Portugal, cuidando a la hija menor de la familia. La señora Sonia a menudo la dejaba encerrada bajo llave en su propia casa, a veces por dos o tres días, como si se hubiera olvidado por completo de su existencia.

Una vez, estaba tan desesperada por el hambre que se escapó trepando por la ventana. Tenía solo siete años y, por pura casualidad, acabó llegando a la residencia de los de Soto.

Cuando la señora Sonia la vio, fue como si hubiera visto una rata inmunda. La agarró de un tirón y la arrastró hacia un rincón oscuro, maldiciéndola y gritándole que era una bastarda, que no volviera a acercarse a esa casa para no ofender los ojos de los ricos. Y levantó la mano, dispuesta a golpearla.

Era pequeña y estaba muerta de hambre. Se hizo un ovillo en el suelo y empezó a llorar desconsoladamente:

—Tengo hambre, mami, de verdad tengo mucha hambre, buaaah.

Fue entonces cuando una voz fría, tan pura como venida del cielo, interrumpió la escena:

—Qué escándalo.

Era César.

Aunque por aquel entonces él era solo un adolescente, ya emanaba la nobleza y la autoridad implacable de alguien nacido para dominar.

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