—¿Qué…? —su voz fue apenas un susurró trémulo.
De todos los escenarios que había imaginado este era el último de ellos. No había esperado que Xander la acorralara de esta manera para preguntarle sobre sus orígenes.
—Sé que puede parecer un poco atrevido de mi parte, pero su cara se me hace familiar.
—Me temo que esta confundido, señor Torner —intentó esquivarlo, mientras más rápido se alejara, mejor—. Yo no lo conozco. Es la primera vez que lo he visto.
—¿Está segura? —insistió. Su mirada era suspicaz.
—Completamente segura —y mientras decía esto, imagines del pasado invadían su mente.
Cinco años atrás…
Era la hija gorda de la cocinera, pero pareció olvidarlo cuando Xander Torner la besó en medio del pasillo.
Desde que tenía uso de razón, había vivido en la mansión de la familia Torner en las habitaciones destinadas para la servidumbre. Su deber había sido ser invisible. Sin embargo, ahora…
El heredero de la familia apretó su cuello mientras echaba su cabeza hacia atrás, devorándola con demasiada intensidad. ¿Estaba soñando? Quería pellizcarse y comprobarlo, pero sus manos temblaban y no podía moverse. No podía respirar. No supo exactamente cómo sucedió, pero terminó sobre la cama del hombre.
Sabía que no era correcto. Debería negarse. Debería decirle que no… pero durante años había anhelado esto. Había anhelado ser notada por el único hombre que había amado desde que tenía uso de razón. Desde su niñez lo había admirado desde lejos y ahora él la estaba haciendo sentir hermosa, apetecible. Sonrió contra su boca con ironía, mientras los besos y las caricias subían de volumen. Ella era muchas cosas… pero estaba segura de que no era ni hermosa ni apetecible. Aun así… se dejó llevar.
A la mañana siguiente, los rayos de sol se filtraban por las cortinas cuando una voz aguda, estridente y, completamente, desagradable se apoderó de la habitación sin un gramo de delicadeza.
—¡Xander! —bramó Victoria Torner, acercándose con pasos furiosos a la cama—. ¡Explícame qué hace esta... esta cerda en tu cama!
Y entonces el horror la invadió de golpe. ¡¿Cielos, qué había hecho?! Quiso levantarse, arrodillarse, pedir perdón y cualquier cosa que funcionara dadas las circunstancias, pero no tuvo tiempo cuando el peso de la realidad la aplastó con la fuerza de una avalancha.
—Yo... yo no sé, madre —dijo Xander a su lado, frotándose las sienes mientras se sentaba—. Estaba borracho. Ni siquiera recuerdo haber entrado a la habitación.
¡Oh, Dios! Su corazón cayó en picada. ¿Acababa de decir que no recordaba? ¿Qué significaba eso?
—Tú me buscaste… —murmuró con dificultad, sintiendo que el aire no llegaba del todo a sus pulmones.
—¡Elena! —un grito desgarrador se escuchó desde el otro extremo del pasillo.
Oh, no. El puñal se clavó más profundamente cuando vio a su madre correr hacia ella con el delantal todavía puesto y las manos manchadas de harina. Al verla, el rostro de la mujer mayor se desencajó, arrodillándose a su lado e intentando cubrirla con su propio cuerpo.
—Señora Victoria, por favor... tiene que haber un error —suplicó, creyendo su versión de los hechos, aunque ni siquiera se la había dado—. Mi niña no sería capaz de algo así...
—¡Tu niña es una puta, Ana! —espetó la dueña de la casa, mirándolas como si fueran cucarachas que necesitaba ansiosamente aplastar con la punta de su costoso tacón de diseño—. Sabía que era una mala idea emplearte cuando llegaste a mi puerta hace años, moribunda y embarazada. Te di un techo por lástima, y así es como me pagas: criando a una oportunista que cree que puede usar su cuerpo para escalar a una posición que no le pertenece.
—¡Mi hija no es así! —la defendió poniéndose de pie—. Ella es pura, es buena. Su hijo es un aprovechado.
—¡Cierra la boca! —la bofetada hizo que el rostro de su madre se contorsionara de dolor—. ¡Eres una maldita muerta de hambre que no va a venir a hablar mal de mi hijo en mi propia casa!
—Me atrevo porque soy madre —dijo volviendo su rostro al frente; tenía huellas de dedos marcados en su mejilla izquierda—. Y porque sé que tu hijo no es ninguna víctima.
—Fuera —Victoria tembló de furia con los ojos inyectados en sangre, mientras señalaba la salida—. ¡Fuera de mi casa ahora mismo! No les doy ni diez minutos. Si vuelvo a ver sus sombras en mi propiedad, llamaré a la policía y las haré pudrirse en la cárcel por robo. ¡Lárguense con su basura a la calle!

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