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La Guerra de Karina: Mi Destino es Mío romance Capítulo 132

A Ariel le encantaba escuchar esas palabras.

Sentirse útil para Karina lo hacía feliz y satisfecho.

—Será un placer.

Las arrugas de sus ojos se marcaron con una sonrisa evidente.

Entró y, como si fuera su casa, encontró sus pantuflas.

Él mismo las había comprado y dejado allí, y sorprendentemente, Karina no las había tirado...

Karina, manteniendo el cuello rígido, tomó las botellas con ambas manos y las dejó por el momento en la entrada.

Ariel notó su extraña postura.

Su cabello caía suelto sobre sus hombros, lo que debería darle un aire relajado y despreocupado, pero parecía estar atrapada.

—¿Te sientes mal?

Karina asintió por inercia, lo que provocó un tirón en su cuero cabelludo.

El dolor hizo que su rostro se contrajera.

—Mi cabello se atoró en el cierre...

—A ver, déjame ver.

Ariel le puso las manos en los hombros para girarla y examinarla.

—Lo que quise decir —dijo Karina— es que si me prestas las tijeras de tu casa.

Las manos de Ariel, que descansaban en los hombros de Karina, se retiraron lentamente.

Un brillo indescifrable cruzó sus ojos oscuros y profundos.

—Olvidé dónde puse las tijeras en mi casa, podría ser un poco difícil encontrarlas.

—No importa —dijo Karina—, entonces usaré el cuchillo de cocina de aquí.

—¿Y si por accidente te lastimas? —añadió Ariel—. ¿No sería aún más problemático?

—Entonces, profesor Solano, ¿tiene alguna solución menos problemática? —Karina enarcó una ceja.

Ariel esbozó una leve sonrisa.

—Date la vuelta, te ayudaré a sacar el cabello. Se resuelve en dos segundos.

Karina sopesó si era apropiado.

En teoría, no estaban en una sociedad feudal.

La gente caminaba por la calle con ropa que dejaba la espalda al descubierto, con ombligueras, en bikini.

Si le pedía a Ariel que le ayudara con el cierre de la espalda, no mostraría más que otras personas con sus escotes.

Mientras ninguno de los dos lo viera con otros ojos, no había problema.

—Gracias, qué amable —dijo Karina.

Su cabello, que había estado recogido todo el día, se soltó, y su fragancia fresca se intensificó.

Al darse la vuelta, ese aroma flotó en el aire, como una suave brisa que acarició la nariz de Ariel.

Él no pudo evitar inhalar profundamente, y el aroma invadió sus pulmones.

Para retenerlo un poco más, Ariel contuvo la respiración y solo exhaló lentamente después de un buen rato...

La mirada de Karina estaba fija en sus sombras proyectadas en la alfombra.

Era como un espejo.

Vio cómo la mano de Ariel primero sujetaba firmemente la tela del vestido, tirando hacia arriba para aliviar la tensión en su cuero cabelludo.

Luego, pellizcó las puntas del cabello y comenzó a sacarlas una por una.

Definitivamente, tenía la paciencia de un cirujano.

Acababa de decir que lo resolvería en dos segundos, pero ya habían pasado dos minutos y él seguía con su tarea, con calma y sin prisa.

—¿Te duele? —preguntó él.

—No me duele —respondió Karina.

No solo no le dolía, sino que sentía un ligero cosquilleo.

Un cosquilleo en el corazón.

Ariel probablemente no sabía que su aliento era como un pequeño humidificador, rociando la parte posterior de su cuello.

Si tuviera vello allí, seguramente estaría cubierto de diminutas gotas de agua.

Le hacía sentir un cosquilleo en el cuello, y también en su interior. Solo deseaba que Ariel terminara pronto para poder rascarse.

—Profesor Solano, de verdad no me duele. Puede ser un poco más rudo, un poco más rápido.

Caro salió de la casa principal con la intención de ir a la sala de música en el anexo.

Le pareció oír a alguien hablando en el jardín.

Caro reconoció la voz de su tía.

Se acercó de puntillas y se escondió detrás de una columna.

Quería esperar a que su tía terminara de hablar con el hombre de mantenimiento para darle un susto...

Selena le dio al hombre un fajo de billetes y le dijo con paciencia:

—Con este dinero tienes para vivir mucho tiempo. Tómalo y vete de aquí.

Después de hablar, miró a su alrededor con cautela.

La niñera y Fabio no estaban en casa, y ella había enviado a todos los sirvientes al anexo. Aquí no había cámaras, nadie la descubriría.

El hombre de mantenimiento se negó de nuevo, diciendo obstinadamente:

—Quiero ganarme la vida con mi trabajo. Señorita Selena, ¿por qué siempre quiere que me vaya? ¿Teme que se descubra lo de las fotos?

—Yo nunca te pedí que tomaras ninguna foto.

Caro asomó la cabeza por detrás de la columna y vio por primera vez a su tía con una expresión de enfado.

Sus ojos brillaban con una luz feroz.

—¿Quiere que lo diga en voz alta? —insistió el hombre—. Usted me pidió que cortara el agua y la luz de la casa de la señora Karina, obligándola a ir a bañarse a casa del señor Ariel, y que además tomara fotos...

—¿Y si te doy cien mil más? —el tono de Selena se suavizó de nuevo.

Qué mala suerte, toparse con un tipo terco que no se dejaba comprar por el dinero.

Lo había intentado varias veces, pero no había manera de quitárselo de encima.

Andaba por ahí todos los días, a la vista de la niñera y de Fabio, como una bomba de tiempo...

Detrás de la columna, Caro escuchaba todo confundida.

Solo se le quedó grabada una frase: su mamá fue a bañarse a casa del papá de Melisa, y además le tomaron fotos...

¡Esto era el colmo!

¿Cómo podía su mamá ir a bañarse a casa del papá de Melisa?

Seguro que su papá no sabía nada de esto. Tenía que llamarlo ahora mismo para contárselo...

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