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La Guerra de Karina: Mi Destino es Mío romance Capítulo 188

Caerse de repente, sin importar dónde ni cuándo, siempre da miedo.

Karina no era la excepción.

Pero aunque entró en pánico, no perdió el control.

En sus clases de artes marciales, había practicado técnicas de caída sobre colchonetas.

Si caía de lado, debía girar para caer hacia adelante, apoyando las palmas de las manos en el suelo para luego incorporarse.

Justo cuando estaba a punto de girar para apoyar las manos, alguien se abalanzó y la sujetó del brazo.

La jaló hacia arriba con fuerza.

Esa persona desprendía un olor a tabaco mezclado con una colonia fría y penetrante.

Era un aroma que había olido durante seis años, demasiado familiar.

Antes, era capaz de alterar sus nervios.

Ahora, le parecía más bien una niebla gélida y tóxica que se infiltraba en sus pulmones.

Karina frunció el ceño y se deshizo del agarre de Fabio con un movimiento brusco.

Fabio también perdió el equilibrio y retrocedió un par de pasos, hasta que Selena, que venía justo detrás, lo abrazó por la espalda.

—Fabio, ¿estás bien? ¡Qué susto me diste! —exclamó Selena con una expresión de pánico aún visible en su rostro.

—Estoy bien.

Fabio se quedó inmóvil, observando cómo Karina, con las piernas dobladas, caía al suelo.

Era la segunda vez que Karina despreciaba su buena intención.

Si le hubiera sonreído dos veces a un gato, al menos le habría maullado un par de veces.

Juró que no habría una tercera. Nadie puede ser tan idiota tres veces seguidas…

Karina miró a Fabio con un evidente disgusto en los ojos.

«Un buen ex es como un muerto».

«¿No podía simplemente actuar como si estuviera muerto y ya? ¿Por qué tenía que meterse donde no lo llamaban? Casi arruina mis planes…».

—¡Directora Karina!

Simón, horrorizado, casi derrama la infusión caliente que sostenía. Ver a Karina caerse frente a él era más aterrador que ver a Viva Chip en bancarrota.

El hombre dejó rápidamente su taza y corrió hacia el escenario para ayudar a Karina.

Germán y Oliver, que venían detrás de él, lo adelantaron sin esfuerzo y fueron los primeros en ayudar a Karina a levantarse.

Simón se llevó una mano al pecho y, justo cuando empezaba a respirar aliviado, vio a Ariel con el rostro tenso.

Por un instante, sus ojos casi se salen de sus órbitas.

«¿Cuándo… cuándo llegó él?».

«¡Por el amor de Dios, que a Karina no le haya pasado nada grave! Si no, mis viejos huesos acabarán sirviendo de abono para flores…».

Los labios de Simón temblaron varias veces antes de que pudiera emitir un sonido tembloroso:

—Germán, Oliver, ¡apártense! Dejen que el profesor Solano se encargue de la directora Karina, él es médico.

A Karina no le sorprendió que Simón conociera a Ariel; ya se habían visto antes en la comisaría.

Movió el pie. Solo le dolía un poco; no parecía haberse lastimado ningún ligamento.

—Estoy bien.

Mientras lo decía, levantó la vista y vio que Ariel la miraba con el ceño ligeramente fruncido y los labios apretados, concentrado en su tobillo.

Esa expresión seria le recordó a la preocupación y tensión que había mostrado cuando Melisa se lastimó…

—¿Te cargo para bajar? —le preguntó Ariel cortésmente.

—No es necesario —se apresuró a decir Karina—. Solo ayúdame a sentarme en una silla.

En medio del caos, Selena tiró de la manga de Fabio.

—Fabio, vámonos ya. Caro sigue en el hospital.

Antes de que Fabio pudiera responder, escuchó a Karina decir:

—¿Tienen una bolsa de hielo?

—Sí, sí, claro.

Las bolsas de hielo estaban en el refrigerador de bebidas frías, a pocos pasos, aunque no eran de uso médico.

Ariel tomó una y, arrodillándose, comenzó a aplicarle frío en el tobillo a Karina para aliviar el dolor.

La sensación helada reconfortó el tobillo de Karina.

Bajó la mirada hacia Ariel.

Completamente ajeno a los chismes, concentrado en curar a su paciente. El Ministerio de Salud le debía un premio por su abnegada dedicación…

De repente, Rebeca volvió a exclamar, sobresaltada:

—¡Ya recuerdo! Fui yo quien recibió estos zapatos para la directora Karina. La que los trajo fue una señorita joven. ¡Si la traemos y la interrogamos, sabremos la verdad!

Alguien secundó la idea:

—¡Claro, resolver el caso es muy fácil!

—Ni siquiera necesitamos a la policía.

—Directora Karina, permítame tomar una foto de su zapato para publicar la noticia y exponer lo sucedido.

El mundo interior de Selena era un caos. No se atrevía a levantar la vista y tragaba saliva constantemente.

Se repetía a sí misma que no debía ponerse nerviosa, que la vendedora ya se había ido de Ciudad Centauro y había regresado a su pueblo.

La policía no iba a desperdiciar recursos persiguiendo a alguien por todo el país por un simple zapato…

Fabio notó que la respiración de Selena se había vuelto pesada y acelerada, y la miró.

Selena encogió el cuello instintivamente y forzó una sonrisa.

—¿Qué pasa, Fabio?

Fabio sintió que algo no andaba bien con él. ¿Cómo podía estar sospechando de Seli? Karina era tan fuerte, tan imponente… ¿Cómo podría Seli, que no tenía fuerza ni para matar una mosca, hacerle daño? Era más inverosímil que una hormiga aplastando a un elefante.

—Ya encontramos al verdadero culpable.

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