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La Guerra de la Heredera romance Capítulo 4

La propuesta de Luna pendía en el aire como una espada de Damocles. Era un trato añejo entre ella y Beatriz, sellado tiempo atrás con la firmeza de una promesa inquebrantable. El fastidio de tener que trabajar ese día se intensificaba con cada minuto que pasaba en aquella mansión.

Camilo permaneció en silencio, estudiando a Luna con intensidad. Sus facciones perfectas se tensaron, y un destello amenazante cruzó su mirada. La situación lo descolocaba: él, acostumbrado a mover los hilos del poder a su antojo, se encontraba ante alguien que se atrevía a desafiar su autoridad con descaro.-

Los presentes contuvieron el aliento. Sus miradas oscilaban entre Luna y Camilo, incrédulos ante la audacia de aquella mujer que osaba retar al todopoderoso De la Torre.

—Esto... creo que no es apropiado —intervino Beatriz, su voz teñida de preocupación. La idea de que alguien pudiera fungir como padre del otro rozaba lo absurdo.

Para sorpresa de todos, una sonrisa enigmática se dibujó en el rostro de Camilo.

—Está bien —pronunció con voz aterciopelada, aunque sus ojos destilaban un brillo peligroso mientras observaba a Luna.

—Llévame con la paciente —exigió Luna, dando media vuelta.

Los Valderas se agruparon inquietos, listos para protestar, pero la voz autoritaria de Camilo los detuvo en seco.

—Llévenla con doña Fernanda —ordenó sin apartar la mirada de Luna.

Las palabras de Camilo cayeron como un manto de silencio sobre la familia. Los presentes intercambiaron miradas desconcertadas, pero nadie se atrevió a contradecirlo.

—Vamos, te llevo —se apresuró Beatriz.

Luna observó a Camilo con curiosidad. Era evidente que no pertenecía a los Valderas, pero su palabra parecía ley en aquella casa. Intrigada, siguió a Beatriz hacia el interior.

Su encuentro con Beatriz no había sido casualidad. Todo comenzó cuando salvó a un recluso que resultó ser conocido de ella. Impresionada por la capacidad de Luna para diagnosticar las dolencias de Fernanda con solo escuchar los síntomas, Beatriz se convirtió en su visitante más fiel en la cárcel, proveyéndola de dinero y víveres. Como muestra de gratitud, Luna prometió tratar a Fernanda una vez recuperara su libertad.

Con delicadeza, Luna posó sus manos sobre los meridianos de la anciana, sus dedos danzando sobre la piel con precisión milenaria. Extrajo cinco agujas de plata de su estuche y, con un movimiento fluido de muñeca, las proyectó desde veinte centímetros de distancia. Las agujas encontraron su destino en los puntos de acupuntura con una precisión sobrenatural.

Un vapor tenue emanó de los puntos donde las agujas se habían clavado. El cuerpo de Fernanda se tensó momentáneamente, pero el dolor que había marcado su rostro durante tanto tiempo comenzó a difuminarse.

A través del cristal de observación, los Valderas contemplaban la escena con asombro. Sus expresiones de escepticismo se transformaron en perplejidad al presenciar la maestría con que Luna manipulaba las agujas, como si estas tuvieran vida propia y obedecieran a una voluntad divina.

Camilo entrecerró los ojos, intrigado. La fuerza y precisión de aquella técnica desafiaban toda lógica. Por primera vez en mucho tiempo, algo había captado genuinamente su atención.

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