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La Guerra de una Madre Traicionada romance Capítulo 1808

Quizá por el calor, Sabrina se había desabrochado un par de botones de la blusa.

Su exquisita clavícula se asomaba tímidamente, luciendo pálida y seductora, invitando a la imaginación a volar.

Sebastián apretó los dedos.

Bajó la mirada, ocultando sus ojos tras las largas pestañas, y desvió la vista.

—Sabrina, primero bebe esto para el mareo —dijo en voz baja.

Sabrina abrió los ojos, aturdida, tomó el vaso que Sebastián le ofrecía y murmuró un suave «gracias».

Bebió a pequeños sorbos. Sus labios rojos, humedecidos por el agua, adquirieron un brillo irresistible, una tentación que invitaba a ser probada.

La mirada de Sebastián se oscureció gradualmente y sintió la garganta seca y tensa.

Nunca había sido un hombre que perdiera la cabeza por una cara bonita.

Pero en ese momento, sintió que la sangre le hervía, una sensación difícil de controlar.

Entornó los ojos, percibiendo algo extraño en el ambiente con su agudeza habitual.

Se levantó y revisó la habitación.

En un rincón del baño, Sebastián encontró un quemador de incienso ya consumido.

El incensario en sí no tenía nada de malo, pero la mezcla contenía ciertos ingredientes especiales. No eran nocivos para la salud.

Aunque bastaban para despertar el deseo, la dosis no era alta; solo servía para animar el ambiente, no para hacer que alguien perdiera la razón.

Tras confirmar que la habitación era segura, Sebastián regresó al lado de Sabrina.

Ella había bebido bastante y, sumado al aroma en el cuarto, no se encontraba en su mejor estado.

Sebastián frunció el ceño.

—Sabrina, tenemos que ir al hospital ahora mismo.

Sabrina, que aún conservaba un poco de consciencia, abrió los ojos al escucharlo.

—¿...Al hospital? —Su mente trabajaba despacio y su voz sonaba ronca—. ¿Qué me pasa?

—Es probable que te hayan dado algo —dijo Sebastián.

—¿...Es grave? —preguntó ella.

—No es grave, aguantarás sin problemas hasta llegar al hospital.

Ese calor abrasador traspasaba la ropa y se transmitía a la piel de él.

Sabrina se recargó en su pecho, pegando la mejilla a su camisa, buscando instintivamente una forma de refrescarse.

El cuerpo de Sebastián se tensó y su respiración se alteró.

Él conocía todo tipo de sustancias; había estado expuesto a drogas mucho más potentes que esa.

Un efecto así debería ser insignificante para él.

Incluso sin ir al hospital, no debería afectarle.

Sin embargo, por alguna razón, en ese momento se sentía como si hubiera ingerido el veneno más letal del mundo.

Una fina capa de sudor le cubrió la frente, su respiración se aceleró y sus ojos oscuros se volvieron aún más profundos y sombríos.

La razón le gritaba que debía llevar a Sabrina al hospital de inmediato.

Pero sus pies parecían clavados al piso, incapaces de dar un paso.

Hasta ese momento, Sebastián siempre había confiado plenamente en su fuerza de voluntad.

Pero un simple movimiento inconsciente de Sabrina bastó para que perdiera el control.

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