Plácido Ríos no le preguntó por el progreso de su investigación, ni mencionó nada sobre el antídoto. Simplemente, le acercó otra taza de té que ya estaba servida.
—Está un poco frío, ten cuidado.
Dijo él.
El té estaba, en efecto, frío. La taza ya no conservaba calor alguno, era evidente que llevaba servido un buen rato. La había estado esperando.
Leonor tomó la taza. Al contacto de sus dedos con la porcelana fría, sintió una punzada en el corazón.
Una duda la asaltó.
¿Se habría dado cuenta Plácido Ríos de algo?
Leonor sabía que su estado de ánimo no era el mejor ese día.
Pero normalmente era muy buena disimulando, ¿acaso Plácido Ríos podía adivinar cómo se sentía solo por el sonido de sus pasos?
Leonor no dijo nada, solo bebió en silencio un sorbo del té frío, el amargor extendiéndose por su lengua.
—Este medallón te lo dejó la Abuela Vargas.
Plácido Ríos comenzó a hablar con voz grave.
—Esconde un secreto.
El corazón de Leonor dio un vuelco. —¿Qué secreto?
Plácido Ríos le entregó el medallón.
—Debí habértelo dicho antes.
—En el interior del medallón que te dio la Abuela Vargas hay una serie de números grabados. Esos números son, en realidad, las coordenadas de una zona misteriosa en El Nido.
Leonor tomó el medallón y, bajo la luz del atardecer, lo examinó con detenimiento.
Le había entregado esta pieza a Plácido Ríos el primer día que se encontraron.
Planeaba pedírselo de vuelta antes de irse, pero no esperaba que él se lo diera ahora.
Leonor lo observó bajo la luz del sol.
Efectivamente, en el interior del medallón descubrió una serie de números diminutos, casi imperceptibles a simple vista.
—Se dice que allí se esconde un tesoro inmenso, e incluso algo capaz de destruir el mundo.
El tono de Plácido Ríos era tan sereno como si estuviera comentando el clima.
¿Y el medallón que le había dejado escondía un secreto así?
Recordó a la Abuela Vargas enseñándole medicina en la prisión. Esa anciana de rostro siempre serio, con dedos ásperos pero ágiles, entre los que las agujas de plata danzaban como si tuvieran vida propia.
La Abuela Vargas rara vez hablaba de su pasado, y cuando lo hacía, eran solo fragmentos.
Leonor siempre había pensado que era simplemente una anciana con un talento médico excepcional y un destino desafortunado.
Pero ahora, las palabras de Plácido Ríos eran como un cuchillo que abría de par en par las verdades enterradas por el tiempo.
Y detrás de esa verdad se escondía un secreto aún mayor, quizás incluso una conspiración más grande.
La muerte de la Abuela Vargas podría no haber sido un accidente.
Y el medallón que le dejó no era solo una reliquia.
Era una pista manchada de sangre, un secreto potencialmente mortal.
Además de eso.
Lo que más inquietaba a Leonor era la actitud de Plácido Ríos.

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