Leonor salió del ascensor, seguida por los pasos apresurados de Jaime.
—¡Detente! —la agarró de la muñeca con tanta fuerza que ella frunció el ceño—. ¿Qué acabas de decir? ¿Salvar una vida? ¿Tú?
Leonor se soltó bruscamente, con la mirada indiferente.
—¿Qué pasa? ¿No me crees?
Jaime soltó una carcajada y la examinó de arriba abajo, deteniéndose en su ropa desgastada con un tono burlón.
—Tú, una expresidiaria que ni siquiera ha pisado una facultad de medicina, ¿con qué vas a salvar a nadie? ¿Has venido aquí a estafar a la gente?
Leonor levantó la vista, y su mirada se clavó en Jaime como un alfiler.
—¿Qué? ¿Quieres pelear conmigo? —se burló Jaime, apretando aún más su muñeca y arrastrándola hacia la salida—. ¡Lárgate! ¡No ensucies el hospital!
La gente alrededor se miraba, algunos querían intervenir, pero la mirada furiosa de Jaime los disuadió.
Alguien reconoció a Jaime como uno de los médicos estrella del hospital y comenzaron a murmurar.
—¿No es ese el doctor Sandoval? ¿Por qué se está peleando?
—¿Y quién es esa mujer? Viste tan pobremente...
—¿Deberíamos hacer algo?
—Mejor no. El doctor Sandoval suele ser muy amable, quizá la culpa es de ella.
Leonor ignoró los chismes. La muñeca le dolía por el agarre de Jaime.
—Créelo o no, es tu problema. ¿Por qué me estás sujetando?
Leonor, molesta, intentó liberarse, pero no tenía la fuerza suficiente.
De repente, un destello plateado brilló y Jaime, con un gesto de dolor, la soltó.
Ella se dio la vuelta para irse, pero Jaime la bloqueó de nuevo, esta vez empujándola con rabia.
—¡Maldita seas! ¿Qué me has hecho ahora?
—¡Parece que los años en la cárcel no te sirvieron de nada!
Leonor tropezó y su espalda chocó contra la pared. Antes de que pudiera estabilizarse, Jaime se acercó, mirándola desde arriba.



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