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La loba tardía rechazada por el alfa romance Capítulo 4

Emma

Hace dos años que me encuentro atrapada en esta mazmorra, un auténtico infierno día tras día. A pesar de todo, siento una fuerza interior que me une a la vida, una chispa de esperanza que se niega a apagarse.

Sin embargo, últimamente me resulta más difícil mantener esa fuerza, muy a mi pesar. Mi cuerpo duele, mi espíritu está abatido y mi loba permanece dormida, sin mostrar signos de despertar.

La soledad me envuelve, convirtiéndose en una compañera constante. Las noches se vuelven largas y solitarias, la oscuridad se convierte en un enemigo implacable.

Los recuerdos de mis padres son mi mayor fuente de resistencia contra la desesperación y el miedo. A veces siento su presencia cerca de mí, escuchando en mi mente las palabras de mi madre: Sé fuerte.

A pesar del dolor que me embarga después de la ira del alfa, intento aferrarme a los momentos felices para no perder la cordura.

Los golpes y el maltrato por parte del alfa Alejandro eran constantes y la única música que oía, eran los sonidos sordos de sus puños golpeando mi cuerpo indefenso. Cada golpe dejaba una marca en mi piel ya lacerada, cada insulto una cicatriz en mi alma que se volvía más pesada con cada día que pasaba.

Sin embargo, hace una semana algo cambió. El alfa Alejandro no ha venido y los guardias, por primera vez desde mi encierro, por alguna razón muestran una actividad inusual. Algo estaba sucediendo en la manada, algo oscuro se ocultaba tras las paredes de esta prisión.

Escuché algunos gruñidos que provenían fuera de mi celda, pero no le presté demasiada atención, después de todo mi estómago dolía y yo yacía en el frío suelo tratando de dormir para aliviar aunque sea un poco el dolor.

Estaba a punto de quedarme dormida, cuando fue entonces que escuché como un guardia decía: -Alfa, aquí están los que quedan con vida.-

En cuestión de segundos, me levanté de un salto y corrí hacia el rincón más alejado, pensé que hoy tampoco vendría, pero me equivoqué. El alfa estaba aquí.

Intenté controlar mis emociones, sabía que si percibía mi miedo, todo sería peor. Pero fue inutil, mi cuerpo empezó a temblar, me resultaba difícil respirar. Mi corazón latía frenéticamente, estaba nerviosa y el miedo aumentaba a medida que los pasos resonaban cada vez más cerca. Minutos despues, un hombre con una figura imponente, de casi dos metros, con cabello negro azabache y ojos azules intensos, se paró frente a mi celda.

Quedé sorprendida, a pesar de su parecido, el hombre parado al otro lado de la reja no era el alfa Alejandro, era Alexander.

El ambiente se volvió tenso, la incertidumbre llenaba el aire. No supe cuánto tiempo pasó, tal vez minutos o segundos pero fueron eternos. Después de dos años, lo volvia a ver y no entendía por qué estaba en este lugar. Un escalofrío recorrió mi espalda a medida que mi ansiedad crecía.

Los ojos de Alexander me observaban como si fuera su peor enemigo, podía percibir la ira que hervía en su interior, noté como su rostro imperturbable, se contrajo mostrando claramente un disgusto visible.

Sin apartar su mirada de mi le hizo una seña al guardia, cuando este se acercó Alexander le ordenó con tono serio -Sácala y llévala al sótano, se quedará ahí a partir de ahora.- Sin más, dió media vuelta y se marchó, dejándome confundida, tratando de recuperar el aliento.

El guardia me llevó al sótano de la casa de la gran manada. Al llegar me arrojó, como si fuera un objeto, dentro de la habitación. Pero, antes de cerrar la puerta dijo, como si maldijera: -¡Chica suertuda!-

-Suertuda dice el pedazo de m****a.- Murmuré más para mí misma.

Al quedarme sola, miré a mi alrededor. Estaba rodeada de enormes cajas y una cama cubierta de polvo y telarañas, que aún así parecía un lujo después de tanto tiempo sin acostarme en una. Tal vez, solo tal vez, mi suerte comenzaba a cambiar… aunque fuera solo un poco.

Agotada y con una punzada de emociones contradictorias, sonreí mientras sentía las lágrimas a punto de brotar. Me preparaba para dejarme caer sobre el colchón, que pese a su estado, parecía suave. Pero justo antes de hacerlo, me detuve en seco al oír cómo la puerta volvía a abrirse.

Me giré, esperando ver al guardia, pero en su lugar encontré a una mujer mayor, de cabello blanco como la nieve, con una bandeja de comida entre las manos.

La reconocí de inmediato. Era Amanda, la cocinera del gran salón.

4. Reencuentro 1

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