~ BIANCA ~
Habían dicho veinticuatro a cuarenta y ocho horas.
Repetí ese intervalo mentalmente tantas veces que se volvió especie de reloj interno. Reloj de tensión: sensación constante de que algo podía pasar en cualquier momento, de que línea de tiempo ya no era mía.
Veinticuatro a cuarenta y ocho horas para que investigación siguiera después de que pruebas fueron presentadas.
Lo que significaba que llamada podía venir en cualquier momento.
Todavía no había contado nada a Nico. Porque había tipo específico de esperanza que, cuando puesta en mano de hombre quebrado, se vuelve promesa.
Y promesa es cosa peligrosa.
Si plan no resultaba en nada, de hecho necesitaríamos seguir por vías legales. Camino formal, demorado, lleno de audiencias y versiones. No quería dar a Nico sensación de que todo estaba resuelto, para después ver realidad arrancarle eso con misma facilidad con que Renata arrancaba nuestra paz.
No quería ver sus ojos encenderse para, días después, apagarse.
Entonces aguanté sola.
Guardé peso en lugar interno que conocía bien, lugar donde ponía todo lo que no podía desbordar.
Ese sábado en noche, intenté permitirme tregua.
Nico y yo estábamos anidados en sofá de sala. Documental tonto pasaba en televisión. De esos que comienzan prometiendo misterio y, diez minutos después, percibes que es solo gente hablando con seriedad sobre asunto banal.
Nico tenía manta sobre piernas y su brazo alrededor de mí. Sentí calor de su cuerpo y, por algunos minutos, pude creer en normalidad.
Barriga me jalaba hacia adelante como recuerdo físico de que vida no espera fin de guerras para pasar.
Nico movió control, bajó volumen.
"Me quedé pensando en cosa tonta hoy", dijo. "Cuarto de niñas."
Volteé rostro hacia él, atenta.
"¿Qué cosa tonta?"
"Si nos equivocamos en color, vamos a mirar pared todos los días y recordar que nos equivocamos", habló, con seriedad casi graciosa. "Y quiero acertar."
Sonreí.
"Eres más perfeccionista de lo que te gusta admitir."
"Soy práctico", corrigió. "Perfeccionista eres tú."
"¿Yo?", hice cara de ofendida.
Apretó mi mano.
"¿Qué color crees que le gustaría a Bella?"
"Algo muy princesa. Tipo... 'Rosa Corona', 'Vainilla de Castillo', 'Brillo de Varita'."
Nico me miró de lado.
"Estás inventando eso."
"Y estás subestimando marketing de pintura", respondí, seria de mentira. "Si busco, existe."
Nico soltó carcajada, me jaló un poco más cerca y me reí junto, sintiendo pecho aliviar como si, por segundo, vida recordara que todavía sabía ser leve.
"Y para cuarto de...", comenzó, y se detuvo.
Sentí su cuerpo trabarse un poco, como si frase hubiera tocado lugar sensible.
"Para bebé", completé.
"Para bebé... ¿qué color quieres?", preguntó.
Miré techo, fingiendo pensar mucho.
"Siempre pensé que iba a querer algo clásico", dije. "Blanco, beige, esa neutralidad de revista. Pero ahora..."
"Ahora quieres algo que parezca hogar", completó.
Volteé rostro hacia él.
"Sí", admití. "Algo que parezca hogar."
Hizo gesto pequeño.
"Verde bien suave", sugirió. "De ese tipo que recuerda hoja por dentro. No oscuro. Solo... vivo."
"¿Ahora entiendes de color?", provoqué.
Se encogió de hombros.
"Entiendo de tierra", dijo. "Tierra tiene matiz."
Sonreí.
"Entonces verde suave", repetí, como si estuviera probando idea en boca.
Apretó mi hombro.
"Yo armaría cuna", Nico dijo, y su tono cambió. Quedó más bajo. Más firme. "Como armé la de Bella."
Mi corazón apretó.
Y, como si mundo quisiera hacer broma con nosotros, bebé pateó.
Patada firme, decidida.
Abrí ojos enseguida, riendo.
"Creo que está de acuerdo", dije.
Nico miró mi barriga como si acabara de recibir recado directo del universo.
"¿Ves?", susurró. "Ya manda en nosotros."
Apoyé frente en la suya.
Y beso vino.
Nico me jaló más cerca, y sentí su cuerpo firmarse como si fuera ancla.
Me alejé un poco, respirando, y apoyó frente en la mía, ojos cerrados.
"Voy a armar cuna de Chiara", dijo, como decisión que necesitaba declarar en voz alta.
Sonreí.
"Vas", respondí.
Teléfono sonó.
Sonido fue pequeño, pero dentro de mí explotó.
Aparato estaba en mesa lateral, al alcance de mano de Nico.
Sentí su cuerpo quedar rígido.
Tomó celular y contestó sin mirar pantalla.
"¿Hola?"
Del otro lado, oí voz, formal, directa.
"¿Nico Montesi?"
"Sí", respondió.
Contuve aire.
"Estamos llamando respecto a menor Isabella Montesi", voz continuó. "Dio entrada hace poco. Necesitamos que genitor venga inmediatamente al Hospital de Nottola."

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