Josefina entró y vio a Benjamín acostado en la cama. Tenía los ojos cubiertos con unas compresas de hierbas, y toda la habitación principal estaba impregnada del olor amargo de la medicina natural.
Se sentó en el sofá y lo miró con una expresión indescifrable.
—Jose, ¿pasa algo? —preguntó Lorena, llena de curiosidad.
—No es nada, solo estoy un poco cansada —respondió Josefina.
Lorena se sentó a su lado y comentó:
—Es normal que estés cansada. Cada vez que te veo entrenar, acabas empapada en sudor. Eres muy dedicada para soportar un entrenamiento tan intenso.
Lorena bajó la mirada hacia el estómago de Josefina y preguntó:
—¿Ya se te marcan los abdominales?
Josefina esbozó una leve sonrisa.
—Sí, ¿quieres tocar?
—¡Sí! —Lorena levantó la mano con entusiasmo—. ¿De verdad puedo?
—Por supuesto —dijo Josefina enarcando una ceja. Se levantó el borde de la blusa, dejando al descubierto una cintura firme y esbelta, con músculos abdominales bien definidos y unas líneas espectaculares que dejarían a cualquiera con envidia.
Lorena tragó saliva sin disimular.
—Qué hermoso, todo esto es fruto de tu esfuerzo.
—Ya basta ustedes dos —interrumpió el hombre en la cama, que había permanecido en silencio hasta entonces. Su tono era bastante sombrío.
La mano de Lorena se paralizó; ya no se atrevió a tocar.
Josefina miró a Benjamín de reojo.
—Pensé que te habías quedado dormido.
—No puedo dormir —respondió Benjamín con voz gélida.
—¿Por qué? —preguntó Lorena sin pensarlo.
—De solo pensar que alguien me usa y luego me desecha, me siento tan mal que no puedo dormir.
Lorena se quedó sin palabras.
*¿Por qué tuve que abrir la boca?*, pensó, sumiéndose en un absoluto silencio.
Josefina se bajó la blusa.
—Ve acostumbrándote —dijo con calma.

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