Al caer la tarde, la cena fue servida en la mesa, desprendiendo un aroma tentador.
Doña Teresa no paraba de servirle más comida a Benjamín, con una sonrisa de felicidad que no podía ocultar.
Al verlo comer con tanta tranquilidad, se dio cuenta de que su vista aún no mostraba signos de mejora.
Hizo una pausa y le dijo:
—Benjamín, ¿cuándo vas a traer a Jose? Podríamos comer todos en familia.
—Tengo pensado divorciarme de ella.
Respondió Benjamín, con un tono impasible.
—Pero... —Doña Teresa se quedó atónita—. ¿No te habías negado todo este tiempo? ¿Por qué cambiaste de opinión de repente?
—Me quedé ciego, ¿para qué voy a ser una carga para ella? —dijo Benjamín con indiferencia—. Hace mucho que dejó de amarme. Si sigue a mi lado ahora, es pura culpa, y yo no quiero un sentimiento así.
—No puedes hacer eso —frunció el ceño Doña Teresa—. Si se divorcian, ¿qué va a ser de ti? Siempre estás pensando en ella, ¿no puedes ser un poco egoísta y pensar en ti por una vez?
—No quiero hacerlo de esa manera.
—Mamá, quise retenerla porque la amo —continuó Benjamín—, y ahora la dejo ir exactamente por la misma razón: porque la amo.
Los sentimientos de Doña Teresa eran un remolino de confusión. No estaba para nada de acuerdo con la forma de pensar de Benjamín, pero en ese momento tampoco estaba en posición de intervenir en sus asuntos.
Ahora que solo quedaban ellos en la familia Gutiérrez, no podía permitirse arruinar la relación con su hijo.
—A tu madre le duele verte así.
—Eres tan bueno —continuó Doña Teresa—, y por ella has salido herido tantas veces. Estuviste a punto de morir en varias ocasiones, y aun así ella es tan cruel como para pedirte el divorcio, sin importar todo el amor que alguna vez se tuvieron...
Al decir esto, su voz se quebró y empezó a sollozar.
—Mamá —la interrumpió Benjamín con evidente frustración—. Hice todo eso porque cometí errores y estaba intentando enmendarlos. Desde el principio me equivoqué en mi forma de pensar. Ignoré sus sentimientos, creí ciegamente que me amaba tanto que jamás me dejaría, y esa seguridad me volvió arrogante.
Hizo una pausa y dejó escapar un suspiro.
—Estar como estoy ahora... me lo tengo bien merecido.
—Pero... —Doña Teresa intentó añadir algo más.
—Ya basta, mamá —la cortó Benjamín—. Vamos a cenar. A partir de ahora dependeré de ti para que me cuides.

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