Josefina giró la cabeza y vio que la persona a su lado le ofrecía un paquete de pañuelos.
Lo tomó, sacó uno para secarse el rostro y preguntó:
—¿Me has estado siguiendo todo este tiempo?
El hombre que estaba a su lado llevaba una sudadera negra, y como siempre, gorra, gafas y cubrebocas, ocultando su rostro por completo.
—¿Por qué lloras?
Habló, pero su voz contrastaba enormemente con la presencia que proyectaba.
Era una voz profunda, fría y áspera, casi como la de la propia Josefina en ese momento; daba la impresión de que él también había sufrido alguna lesión en las cuerdas vocales.
—Dime primero quién eres y luego te contaré por qué estoy llorando —respondió Josefina.
Pero el hombre se puso de pie, demostrando claramente que no tenía interés en continuar con una conversación tan trivial.
Josefina no se levantó; alzó la vista hacia él.
—¿Me has estado siguiendo para protegerme?
Él no respondió; parecía fundirse con la oscuridad de la noche, siempre esforzándose por pasar desapercibido.
Josefina bajó la mirada, soltó un ligero suspiro y dijo:
—Nos hemos cruzado tantas veces, ¿por qué te niegas a decirme quién eres?
—¿Acaso importa?
Finalmente habló, con un tono gélido y distante.
—Claro que importa. Si sé quién eres, podré pagarte el favor —dijo Josefina de inmediato—. Me has ayudado tantas veces. Seguro que algún día necesitarás de mi ayuda, y cuando ese momento llegue, no dudaré en apoyarte.
—No hay nada en lo que puedas ayudarme —fue su seca respuesta.
Josefina se quedó pensativa por un instante.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
Hizo una pausa antes de añadir:
—No me digas que desprecias mis capacidades. ¿Entonces necesitas dinero? Tengo mucho dinero, puedo pagarte.

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