—¿Acaso no es un hecho universal? —respondió el hombre con una risa ligera, sin darle importancia al sarcasmo de ella.
Lorena cerró los ojos, sintiendo que de verdad estaba hablando con un desvergonzado, y preguntó de mal humor.
—¿Para qué me llamas? ¿Qué es lo que quieres?
—Te extrañé, así que decidí regresar para verte —dijo él.
—No, no quiero verte —rechazó Lorena de tajo, y amagó con colgar.
—¿Por qué? Últimamente me he puesto muy en forma, tengo los pectorales y el abdomen que siempre quisiste, y tú... —El hombre aún no entendía, pero antes de que pudiera terminar, Lorena ya había cortado la llamada.
—Uf...
Se dio unas palmaditas en las mejillas y dejó salir un suspiro de frustración.
Intentó sacar todos esos pensamientos ridículos de su cabeza y decidió no darle importancia al hecho de que él iba a regresar.
...
Josefina y Almudena dieron un par de vueltas cerca y pronto vieron a Lorena acercarse trotando.
—¿Por qué se alejaron tanto? —preguntó Lorena, tratando de recuperar el aliento.
—No fuimos muy lejos, eres tú quien necesita hacer ejercicio —respondió Josefina.
Pero Lorena puso los brazos en jarra y sacudió la cabeza.
—Imposible, no haré ejercicio. No tengo esa disciplina, todo mi esfuerzo lo dedico por completo a la medicina y ya no me queda energía para nada más.
Después de sus atareados días, lo único que quería era tirarse a descansar. ¿Hacer ejercicio? Prefería morir.
Almudena no pudo evitar soltar una risa al escucharla.
—¿Quieres que te hipnotice para despertar tus impulsos deportivos?
Lorena se sorprendió.
—¿En serio existe un poder tan mágico?
—Podemos intentarlo —dijo Almudena.
Pero Lorena siguió negando con la cabeza.
—No, igual no podré ser constante.
Conocía perfectamente sus propios límites, así que era mejor no hacerle perder el tiempo a nadie.
Las tres pasearon un poco más y luego regresaron al Residencial Valle Niebla.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
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