Abrió los ojos adormilada, se dio la vuelta y se encontró con Benjamín acostado a su lado. Él la rodeaba con sus brazos y piernas, manteniéndola fuertemente prisionera en su abrazo.
Con razón tenía tanto calor.
Extendió la mano para empujarlo por el hombro y murmuró, llena de queja.
—Benjamín, ¿a qué hora entraste?
El aliento ardiente del hombre rozaba su oreja, tan cerca que su voz sonaba profunda y ronca.
—No podía dormir.
Josefina cerró los ojos y bufó.
—Si no podías dormir es tu problema, ¿por qué tenías que venir a buscarme?
—De solo pensar que vas a estar con otro hombre, se me quita el sueño —murmuró él, abrazándola un poco más fuerte.
Ella se quedó en silencio por un instante antes de decir.
—Nos vamos a divorciar. Con quién esté y cómo sea mi vida, ya no tiene nada que ver contigo, ¿o sí?
—Es cierto, ya no tiene nada que ver —admitió Benjamín, pero sus labios acariciaron la oreja de ella—. Pero simplemente no lo soporto. Estoy celoso.
Josefina se quedó sin palabras.
Abrió los ojos, tratando de distinguir el contorno de su hermoso rostro en la oscuridad.
—Si estás celoso, ¿entonces por qué...?
—Pero, Jose —la interrumpió Benjamín con un tono cargado de soledad—. No quiero ser una carga para ti.
En ese instante, Josefina sintió un dolor agudo en el corazón. Fue un impacto tan intenso que le costó asimilarlo, y su cuerpo tuvo un pequeño espasmo involuntario.
—¿Qué te pasa? —preguntó él rápidamente al notar su reacción.
Ella cerró los ojos y murmuró.
—Qué hombre tan contradictorio eres. Por un lado, no quieres ser una carga, y por el otro, sientes celos si estoy con alguien más.
—¿Entonces me prometes que no estarás con nadie más? —soltó Benjamín sin filtros.

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