El ambiente en Residencial Valle Niebla era asfixiante.
Lorena no se atrevía ni a respirar fuerte, aterrorizada de hacer algo que incomodara a Benjamín y ganarse una reprimenda.
Cristóbal se había mudado temporalmente a la casa. Después del incidente en las escaleras, no le quitaba los ojos de encima a Benjamín ni un segundo.
El coágulo en su cabeza no le había afectado la memoria, y aunque sus ojos no habían mejorado, tampoco habían empeorado.
Su ceguera seguía igual que antes.
Valentín iba a Residencial Valle Niebla todos los días, con el rostro visiblemente demacrado.
Al tercer día, Almudena apareció de nuevo. Se sentó en el sofá y miró el semblante sombrío de Benjamín.
—¿Aún no hay noticias?
Benjamín no dijo nada, pero su expresión lo decía todo: si tuviera noticias, no estaría en ese estado.
Almudena se masajeó las sienes. En su mente apareció el recuerdo de cuando fue a comer brochetas y tomar cerveza con Josefina.
Josefina era una chica sincera y noble. Cuando alguien le contaba sus problemas, sabía escuchar con calma y atención, sin hacer sentir al otro que no le importaba.
Y cuando le tocaba pasar por momentos tristes, no ocultaba su dolor, pero siempre encontraba la manera de sobreponerse.
Almudena de verdad apreciaba a esa muchacha.
Pero antes de poder forjar una amistad más profunda, había ocurrido esta desgracia.
—Le pregunté a mis contactos en el extranjero, pero nadie ha averiguado nada —comentó Almudena.
—Yo la encontraré —afirmó Benjamín con voz grave.
Almudena lo miró fijamente.
—¿Qué más puedes hacer?
Benjamín no respondió. Se levantó y caminó hacia el ascensor.
Por inercia, Cristóbal se puso de pie para seguirlo.

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