—De acuerdo.
Benjamín aceptó sin dudarlo. De inmediato, sacó su celular y llamó a Valentín para darle las instrucciones.
—Me parece perfecto. Me encanta hacer negocios con gente directa —sonrió Kevin, de excelente humor.
—Más te vale demostrar de lo que eres capaz —advirtió Benjamín con frialdad—. No quiero que mi dinero se vaya a la basura.
—Tranquilo, te aseguro que hará eco —respondió Kevin con una leve sonrisa. Luego, su mirada se desvió hacia la planta alta y preguntó—: ¿Lorena vive en el segundo piso? ¿Y tú en el primero?
—¿Ustedes se conocen? —intervino por fin Cristóbal, con el ceño fruncido y cara de pocos amigos.
Kevin lo miró.
—¿Quieres saberlo? Cien mil.
—Je —se burló Cristóbal—. ¿Quién querría saber de tus miserables asuntos?
Ese tipo solo abría la boca para pedir dinero; era un mercenario en toda la extensión de la palabra.
Benjamín se puso de pie con tranquilidad y dijo:
—¿Quieres saberlo? Doscientos mil.
Kevin se quedó sin palabras.
La sonrisa se le congeló en el rostro. Jamás esperó que Benjamín saliera con eso.
Cristóbal sonrió de inmediato.
—Benjamín, eres el mejor. Este tipo está loco, quiere cobrar hasta por respirar.
—Tú también puedes aprender de él —respondió Benjamín.
—¡Buena idea!
Lorena se había quedado en su habitación todo el tiempo, pero como todos los días debía aplicarle el tratamiento a Benjamín, no podía esconderse por siempre.
Cuando llegó la hora, abrió la puerta y bajó las escaleras. Lo primero que vio fue a Kevin sentado en el sofá de la sala, con una postura relajada, como si estuviera en su propia casa.

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