Kevin lo observó sumido en su miseria. Un destello de incomprensión cruzó por sus ojos, pero no añadió nada más.
Le sirvió más licor y dijo:
—No digas más. Ahoguemos todo en este vaso.
Benjamín no volvió a hablar. Bebió un vaso tras otro hasta que ambos terminaron la botella.
Kevin sacó dos botellas más, y pronto la mesa de centro se llenó de envases vacíos.
Cuando Lorena salió de su habitación para buscar un vaso de agua, se topó con la escena en la sala. Abrió los ojos de par en par y corrió hacia ellos.
—¿Qué creen que están haciendo? ¡¿Acaso se volvieron locos?!
Al ver el rostro enrojecido de Benjamín y sus ojos aún más irritados, sintió que el alma se le caía a los pies.
—Director Gutiérrez, ¿en qué está pensando? ¡¿Ya no le importan sus ojos?! ¡Durante este tratamiento tiene estrictamente prohibido el alcohol!
Como doctora, Lorena estaba furiosa.
¿Cómo podía ser tan irresponsable con su propia salud?
Ella había creído que, tras la desaparición de Josefina, él cooperaba con el tratamiento porque quería curarse rápido para buscarla.
¡Jamás imaginó que se escondería a beber!
¡Era una locura!
Benjamín, recostado en el sofá con el vaso vacío en la mano, se señaló el pecho con la otra.
—Aquí... me duele demasiado. Pensé que así dolería un poco menos.
Lorena apretó los labios. Tras una pausa, preguntó en voz baja:
—¿Y dolió menos?
—No, sigue doliendo igual —respondió Benjamín con voz ronca. Sus ojos estaban más enrojecidos que nunca, e incluso Lorena pudo notar el brillo de las lágrimas contenidas.
Benjamín había creído que el alcohol adormecería sus sentidos y le daría un respiro de ese dolor desgarrador. Pero se equivocó; el licor no solo no alivió la agonía, sino que la intensificó.
Su mente estaba plagada de recuerdos, de cada instante vivido junto a Josefina.
Desde que se enamoraron y se casaron, hasta que las grietas comenzaron a aparecer y él tomó malas decisiones...

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