Alberto se asustó muchísimo. La niñera lo tomó en brazos rápidamente mientras él miraba, con los ojos llenos de terror, a aquella persona que seguía gritando a pesar de estar inmovilizada por los guardias.
—¿Qué esperan para sacarla de aquí? —ordenó la niñera de inmediato.
Los guardaespaldas agarraron a la empleada de limpieza y comenzaron a arrastrarla hacia la salida. Durante el forcejeo, la gorra se le cayó de la cabeza y el cubrebocas quedó torcido. Su mirada, sin embargo, seguía clavada en Alberto, desbordando dolor y una profunda desesperación.
—¡Alberto, yo soy tu abuela! ¡Alberto!
Esa persona no era otra que Sofía.
No se había marchado de Santa Aurelia; había estado buscando desesperadamente una oportunidad para ver a Alberto.
¡Ese era el nieto con el que había soñado durante cuatro años!
¡Era la única sangre que le quedaba a su hijo en este mundo!
La repentina muerte de Diego la había hundido en la miseria más absoluta, y debido a su posición, ni siquiera había podido asistir al funeral de su propio hijo.
Más tarde, cuando supo que él había dejado un heredero, fue como si hubiera encontrado un nuevo motivo para aferrarse a la vida.
Soñaba con el día en que por fin conocería a su nieto y se reuniría con él.
Pero los acontecimientos posteriores arruinaron todos sus planes. Benjamín había descubierto su relación con Vicente Gutiérrez y, para colmo, había enviado a Vicente al manicomio. Había perdido a su único respaldo; no le quedaba nada.
Y ahora, solo quería presentarse ante su nieto.
¡Ella era la verdadera abuela de Alberto!
¿Por qué esa cualquiera tenía que usurpar su lugar?
¡Ese chico tan brillante, Diego, era su hijo, no de esa mujer!
—¿Qué está pasando aquí?
Teresa regresó del baño, presenció la escena caótica y preguntó con el rostro endurecido.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
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