Cristóbal abrió la boca, pero por un momento no supo qué decir. Se rascó la cabeza y, tras pensar un buen rato, finalmente articuló:
—Benjamín... tú y Josefina ya están divorciados. Ustedes... ya no tienen nada que ver.
Benjamín negó con la cabeza.
—Fue mi culpa, todo fue mi culpa.
—Benjamín...
Cristóbal lo miró con una expresión compleja; le resultaba imposible entender por qué se había metido en ese callejón sin salida.
Solo por no poder encontrarla, se castigaba a sí mismo con una culpa enloquecedora, echándose toda la responsabilidad sobre los hombros.
Pero eso no solucionaría absolutamente nada.
Cristóbal guardó silencio unos instantes antes de comentar:
—Lobo Solitario lleva mucho tiempo desaparecido. Nadie ha podido contactarlo, ni siquiera el dinero ha logrado tentarlo. Tal vez no la esté escondiendo, sino protegiendo. Después de todo, la familia Hurtado le sigue los pasos a Josefina, y si ella aparece, quién sabe a qué tendría que enfrentarse.
Al escuchar sus palabras, las pestañas de Benjamín temblaron levemente y, con voz ronca, murmuró:
—Si no hubiera insistido en divorciarnos, las cosas no habrían llegado a este punto...
Cristóbal suspiró para sus adentros.
Se masajeó las sienes, sintiendo que le empezaba a doler la cabeza.
—Necesitas descansar de verdad, Benjamín —dijo, antes de darse la vuelta y salir.
Por la noche, llegó Almudena.
Lo observó detenidamente durante un largo rato, se sentó frente a él y le preguntó:
—¿Quieres tomar una copa?
—No bebo —respondió Benjamín.

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