De repente apareció una figura y bloqueó el movimiento del guardaespaldas, preguntando con voz fría:
—¿Qué estás haciendo?
El guardaespaldas se sorprendió. Al levantar la mirada, vio a un hombre que llevaba un tapabocas negro y lentes de armazón grueso que ocultaban por completo su rostro. Sin embargo, su mirada era extraordinariamente fría.
El guardaespaldas recuperó la compostura y dijo:
—Tengo algo que preguntarle a esta señorita...
—No es un buen momento —respondió el hombre con frialdad—. Mi novia es muda, la vas a asustar.
El guardaespaldas se quedó perplejo y trató de mirar detrás del hombre, pero la figura imponente de este bloqueaba a la mujer por completo.
Además, la mirada del hombre era tan gélida que, si lo ofendía más, podría provocar un conflicto innecesario.
—Mis disculpas, lamento la interrupción.
El guardaespaldas bajó ligeramente la cabeza en señal de disculpa y luego se dio la vuelta para marcharse.
Ese hombre no era otro que Lobo Solitario.
Miró fríamente cómo el guardaespaldas se alejaba y luego se giró hacia Josefina.
Ella le sonrió con la mirada y le agradeció.
—Gracias.
No emitió ningún sonido, solo articuló las palabras con los labios.
Lobo Solitario la miró unos segundos y dijo:
—Vamos a casa primero.
Josefina asintió y lo siguió a su departamento.
Al entrar, él cerró las cortinas y encendió una pequeña lámpara. La luz era tenue, pero suficiente para verse mutuamente.
Josefina lo miró fijamente a los ojos y de repente comentó:
—Tus ojos se me hacen muy familiares.
Dio un paso adelante, intentando quitarle los lentes.
Pero Lobo Solitario levantó la mano para detenerla y le dijo con una voz ronca y distante:
—No sientas curiosidad por mi apariencia, no podrás soportar las consecuencias.
La expresión de Josefina se congeló.
—Lo siento...
Se sentó en el sofá, suspiró y continuó:
—Es solo que me da lástima. Me voy a ir pronto y ni siquiera sé cómo eres. Si algún día regreso a salvo, ¿cómo voy a poder pagarte este favor?
Lobo Solitario se dio la vuelta para servirle un vaso de agua y respondió con frialdad:
—Te lo he dicho muchas veces, no necesito que me pagues nada.

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