—No me he curado.
Benjamín habló con lentitud. Se volvió hacia ella y, aunque sus ojos oscuros no tenían brillo, parecía estar mirándola fijamente, capturando cada una de sus expresiones.
Inclinó un poco la cabeza y preguntó:
—¿Sientes culpa?
Josefina sintió un pinchazo en el corazón, un dolor agudo pero lo suficientemente sutil como para ignorarlo.
Respondió con frialdad:
—Fue tu decisión. Te empeñaste en acosarme hasta terminar así. ¿Y ahora quieres que me sienta culpable?
Qué crueles palabras.
Benjamín sintió el dolor en su pecho mientras daba un paso tras otro hacia ella. Caminaba despacio, pero la abrumadora presión que emanaba envolvía a Josefina poco a poco.
El instinto le advirtió del peligro. Frunció ligeramente el ceño, pero no retrocedió. Solo lo miró y dijo:
—Si vienes a exigirme una explicación, no la tengo.
Benjamín ya estaba frente a ella. Bajó un poco la mirada y, de repente, extendió la mano para tocarle el rostro.
Josefina levantó la mano para detenerlo.
—Benjamín, ya no somos nada. Compórtate, por favor.
Pero él le agarró la muñeca con un movimiento rápido y, con la otra mano, la atrajo bruscamente hacia su pecho.
—Tú...
Desconcertada, Josefina intentó zafarse por instinto.
Benjamín fue aún más lejos. Sus manos recorrieron su cuerpo, de arriba a abajo, con fuerza, sin dejar un solo rincón sin tocar.
Tuvo la horrible sensación de que estaba a punto de desnudarla ahí mismo.
Empezó a forcejear con todas sus fuerzas.
—¿Te volviste loco? ¡Suéltame!
En lugar de eso, él la abrazó con más fuerza, bajó la cabeza y le mordió el cuello.
—¡Ah...!
El dolor la hizo fruncir el ceño, y justo después sintió la humedad de su lengua lamiendo la zona afectada.

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