El salón de eventos estaba en un área exclusiva. Mientras avanzaban, Josefina observaba maravillada las majestuosas casas distribuidas por toda la hacienda.
—¿Cuántas personas viven aquí?
Wilfredo sonrió amablemente.
—Al abuelo Ernesto le encanta tener la casa llena, así que todos sus hijos y nietos viven juntos en la propiedad.
Eduardo ya le había explicado a Josefina cómo estaba conformada la familia Hurtado, pero hasta ese momento no lograba dimensionarlo. Ver la inmensidad de la hacienda la dejó sin palabras.
*Toda una familia conviviendo en el mismo lugar... la cantidad de intrigas y conflictos debe ser brutal,* pensó.
Unos veinte minutos después, el vehículo se detuvo. Wilfredo bajó primero.
—Señorita Josefina, por aquí, por favor.
Ella asintió y lo siguió por una entrada lateral hasta llegar a la zona de eventos. El lugar ya estaba repleto de invitados.
En lugar de llevarla al salón principal, Wilfredo la condujo a una elegante sala de descanso.
—Por favor, espere aquí unos minutos. El señorito Eduardo vendrá por usted en breve para que entren juntos.
—Está bien —respondió Josefina.
Wilfredo, además, asignó a un par de guardias para que patrullaran los pasillos y garantizaran su seguridad.
La habitación era bastante amplia y estaba equipada con cómodos sofás, una cama y un baño privado; tenía todo lo necesario.
Josefina se sentó en el sofá, aún incapaz de sacudirse la sensación de irrealidad que la invadía. Bajó la mirada, inmersa en sus pensamientos sobre los desafíos que estaba a punto de enfrentar.
...
En otra sala de descanso, Ariadna lucía un impecable vestido de diseñador. Una empleada se le acercó y le susurró algo al oído, haciendo que su sonrisa se congelara.
*¿Así que no pudieron detenerla?*

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
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