Si alguien manipulaba la prueba de ADN para hacer parecer que Josefina era una impostora, Eduardo, quien la había traído, sería el principal culpable.
Las disputas internas en la familia Hurtado eran feroces, aunque mantuvieran una fachada de armonía perfecta. Y la acción de Eduardo acababa de romper esa paz superficial, convirtiéndolo en un traidor.
La familia Hurtado jamás se lo perdonaría.
Eduardo entendía eso a la perfección. Sin embargo, no mostró ni la más mínima preocupación. Por el contrario, sonrió, la miró y le preguntó:
—Josefina, ¿acaso te estás preocupando por mí?
Josefina se quedó sin palabras.
En un momento tan crítico, ¿en serio eso era lo que le importaba?
Ella apartó la mirada de inmediato y entró a la casa sin siquiera voltear a verlo.
Había personal de servicio en el interior, al que ya se le había ordenado mostrarle su habitación.
Josefina no puso reparos, y poco después la empleada se retiró para no interrumpir su descanso.
Eduardo dio instrucciones a los guardaespaldas de custodiar el lugar con sus vidas; Josefina no podía sufrir ningún percance.
Luego, dio media vuelta y se dirigió al salón de banquetes.
Yolanda seguía manteniendo una sonrisa educada en su rostro, pero cualquiera podía notar que su mente estaba en otra parte.
Joaquín la acompañaba mientras atendían a los invitados.
Alguien preguntó por curiosidad:
—¿Es cierto que la joven que trajo el director Hurtado es la verdadera heredera de la familia?
—Necesitamos verificar su identidad. Cuando esté confirmado, la familia Hurtado emitirá un comunicado oficial —respondió Joaquín.
Al escuchar su tono, los presentes evitaron hacer más preguntas.
En otro lado, Ariadna conversaba con varias jóvenes de la alta sociedad.
Todas se habían enterado del escándalo y se acercaban para mostrarle su apoyo.
Al verla pálida y con los ojos enrojecidos por haber llorado, intercambiaron miradas.
Una de ellas dijo:

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
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